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sábado, 17 de diciembre de 2011

nunca supe su nombre

Era un bicho increíble, bella como el relámpago, enteriza, seda pura. Su rostro un fulgor continuo. No la describo, no soy pintor. Sólo paro mientes en sus manos eléctricas, radioactivas –manos de humo y de hierro forjado– siempre vacías y operantes. Corriendo tontas detrás de una mariposa, agarrando cuernos de becerro o abejorros carnudos. Pero también acariciando mi garganta.

No hicimos ningún pacto para andar juntos. Nunca nos separábamos. ¡Qué vitalidad de moza! No lloraba nunca. Gritaba de mil modos, llana de impulsos imprevistos. La veía correr sin freno y cuando se fatigaba era una leona dormida.

Se lanzaba al mar enloquecidamente y se ponía a nadar en las aguas alejándose hasta perderla de vista, si no fuera por el alga negra de su abundante melena, a lo lejos, flotando en las olas.

Nunca supe su nombre.

(Carlos Edmundo de Ory: La memoria amorosa. Visor, 2011)

miércoles, 6 de julio de 2011

lucille y sus tres peces

Cada mes de abril, tres peces rojos, tres peces japoneses cruzaban y descruzábanse en silenciosas espirales sobre la dulce faz de Lucille. En su discreta frente hasta entonces sin nubes ni cometas locos, habían quedado impresas tres suaves ondas.

Un buen día, al llegar la última primavera desapareció uno de los peces, aquel a quien Lucille bautizó con el nombre de Tejedor de ensueños.

Y al llegar el otoño, desapareció el segundo pez japonés, aquel Punzón de ondas como le habíamos llamado entre sonrisas corteses los amigos.

La frente de Lucille volvió a quedar como antes, como una fuente de planta: porque el pez tercero, el Ovillador silencioso de deseos, tampoco estaba... ALLÍ.

Cuando Lucille con su boquita pintada de corazón dice «ALLÍ» entornando deliciosamente su ojo izquierdo por el derecho, como por una pecera, atraviesa sonámbula la sombra del tercer pez japonés, la del Ovillador silencioso de deseos.

(Luis Buñuel: Escritos.
Páginas de Espuma, 2000)