Mostrando entradas con la etiqueta eduardo moga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta eduardo moga. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de mayo de 2013

el último poema (32): bajo la piel

Leo a Barroeta. Estremece la indiferencia anatomopatológica con la que describe la causa de su propia muerte en el último poema de su último libro, Elegías y olvidos, cuyo título no puede ser más notarial: «Enero, 4.30 a. m.»: «En mi pared bronquial / con arquitectura parcialmente alterada / por neoplasia maligna epitelial / las células se disponen en nidos y cestos / fragmentando el sonoro tejido de la noche». (He pensado muchas veces en escribir un poemario con las descripciones de los informes patológicos, al modo en que Gamoneda transformó el manual farmacológico de Pedacio Dioscórides, traducido por Andrés Laguna, en El libro de los venenos, pero no consigo encontrar los textos adecuados: los patólogos, como casi todo el mundo, cada vez escriben menos, y cada vez escriben peor). También Alejandra Pizarnik dio cuenta de su fin, escribiendo estos versos definitivos en el pizarrón del cuarto donde la hallarían muerta: «No quiero ir / nada más / que hasta el fondo». La muerte es el gran asunto de Barroeta. Preñado de senequismo, la advierte clavada en la carne, ínsita en la vida, y afirma: «Mi vida es un cadáver». Enroscados en los versos aparecen cráneos, sangre, fantasmas; abundan los plantos y las invocaciones a lo roto: espejos rajados, quebraduras, descalabramientos. La muerte ha barrido a las figuras familiares, y su poesía se abandona a una añoranza rabiosa: canta a los padres, a los hermanos, a los abuelos y bisabuelos, como si todos, abrazados por la nada, dibujaran un espacio invulnerable, una heredad inasequible a la destrucción. Sin embargo, la poesía de Barroeta, invadida de perecimiento, no es sombría, sino regocijada. Todos han muerto es un géiser imaginativo y un quermés verbal, y, por ello, también una fiesta de la existencia. «Mi corazón llega a la vida por la carne muerta», escribe en un poema. Las palabras, bullentes, videntes, arrancan a la muerte, la compañera inexorable, de su pedestal de oprobio, y la transforman en pretexto para el sarcasmo y para la música: en justificación de la vida.

(Eduardo Moga: Bajo la piel, los días. 
Calambur, Madrid, 2010)

jueves, 22 de septiembre de 2011

hay aves con mis ojos en el bosque donde nazco

Hay aves con mis ojos en el bosque donde nazco. Aun sitiado por insectos, el centro, alto como el latido, ocupaba los límites. En él se arrodillaba el mal, que veía en su arena recta sólo un mínimo grito. Ardía el ser, mas no desde la náusea, sino azul como el seno, cándidamente pan. Nada en mí contradecía la lluvia. Ningún sieso contra el amor.

Ahora se ha sublevado lo dormido, la supuración de alguien. Quizá sea sólo un objeto que se disgrega en su prisión, o manos que revelan sufrimiento. Si conviene, ensucio el sonido; por lucrarme, superpongo el rostro a la máscara, lo hago página, demolición del centro; si una rata lame mi sexo, artillo suavemente las palabras, alquilo al insomnio mis pechos. Y aunque procure preservar aquel espacio del dolor y los murciélagos, el orgasmo es negro.

Detrás queda un cadáver. En sus labios hay pájaros.

(Eduardo Moga: El corazón, la nada.
Bartleby Editores, 1999)

domingo, 20 de marzo de 2011

bajo la piel, los días

Me he sustraído el dolor refugiándome en los libros. He olvidado a las mujeres que me han olvidado. He sepultado en sus páginas la vergüenza o la cobardía [como, de nuevo, en este poema]. En los catres de los albergues, el papel ha sido mi almohada. Cuanto más acerbo ha sido el mundo, más amable la palabra, aunque errase, aunque injuriara. Los gerundios, administrativos, me han rescatado. Los zapatos me mordían, pero mis ojos estaban habitados. A mi lado, una anciana, con un antifaz de rímel, echaba migas de pan a las palomas, y las palomas hervían, mascullaban. Tropiezo con un vómito fresco; he de utilizar un retrete embozado; me enseña la lengua una puta repugnante: leo. Oigo el despertar de una ciudad enyesada de humos, batida por un mar desguazado, trepidante de nada; y, en el cuarto tenebroso, también yo despierto. «Cuyo lascivo esposo vigilante/ doméstico es del Sol nuncio canoro,/ y de coral barbado, no de oro/ ciñe, sino púrpura, turbante».
Leo.

No estoy solo.

La palabra me piensa.

(Eduardo Moga: Bajo la piel, los días.
Calambur, Madrid, 2010)

domingo, 5 de septiembre de 2010

se insinúa la noche


Se insinúa la noche. Aún hay luz, pero transpira oscuridad. La claridad se enfanga en las cosas: irrita a los tejados, tropieza en las grúas –bocas de una sola mandíbula–, balbucea en la cánula escamosa de los árboles. Los coches tosen, y la luz se aloja en sus expectoraciones. La luz es, de pronto, el cuello en harapos, los dedos reunidos en un solo dedo, el sexo lejano, no obstante estar aquí, al alcance de mi desesperación, sepultado bajo pliegues sucesivos de la materia. Sé que anochece porque, exentos de brillos, distingo mejor los trazos del lápiz en la página. La noche es otro sol. Las sombras protuberan. Mi sombra me sustituye.

(Eduardo Moga: Bajo la piel, los días.
Calambur, Madrid, 2010)