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martes, 8 de marzo de 2016

mantis atea

Yo no soy tu niña, santo varón; yo nací en el desierto hace miles de años y en mi lengua han ardido curas y demonios, putas y poetas, hidras, eunucos, héroes y reyes magos. No cantes mi dulzura porque llevo las ubres cargadas del veneno de la vida, y en mi vientre se gesta la destrucción. Cada vez que me llamas cielo lamo un ángel y escupido cae en este orco, el más profundo y ensortijado, de donde nutrimos nuestras gorduras. Cuerpo soy: tejido cavernoso, hueso, bosque de arterias y glándulas. Voluptuosidad de sombras. Sumidero en la mar gruesa. Está escrito por Él en los cartones celestes: el sabor del conocimiento te dejará sola, fea y amargada. Y has gobernado tan bien el imperio del pecado, con tu política de la tentación... Un pacto por los siglos de los siglos y amén al eterno banquete de la carne. Esta carne. Mi carne. En eso eres igual a la descarnada. Pero la carne ya no es tuya, santo varón. Hay toque de cuerno: el macho de la manada acude al árbol de la ciencia. Bajo las frutas prohibidas

te hipnotizaré con vaivenes de mi culo: moveré mis caderas hasta que beses la espuma demente de las hormonas. Dejaré que me tires del pelo, que gruñas como un hombre, que entres en mí a zarpadas; y cuando estés a punto de irte, arrancaré de cuajo tu cabeza, con precisión de mantis, para que la muerte vomite su éxtasis sobre tu cara entre las flores

a tus pies
    el objeto del deseo
        el fin de la especie

con amor
tu princesa de tinieblas.

(De Chatarra de niño muerto, 2008)

lunes, 18 de abril de 2011

el mal de los ardientes

Me odio cuando tiemblo de la emoción

cuando no puedo dormir porque bajando por el espino del día me he dejado las zarpas, los cuernos y el instinto de no pensar

y en la raíz cuadrada de la noche roo tubérculos rosados

y doy vueltas perdido en la feria en que me amaste de niño, entre espantajos y manzanas de caramelo

hasta que me limpio los besos a restregones contra la almohada, rezando con las branquias en flor

Dios salve a la Virgen Fantasma que calienta mis ojos al fin, en la hora de la muerte amanecer

(De Chatarra de niño muerto, 2008)

sábado, 27 de febrero de 2010

el gorrión y el fondo del mar


Cuenta la Lengua Infinita que vivió una vez en mi mente un rey con cabeza de gorrión caído. En la melancolía del pájaro pensante buceaba una tembladera que en lugar de sombra tenía dudas. La sombra de este pez de los abismos había naufragado en un punto entre las estrellas de la constelación del verbo ahogar. Durante años, compartió agua y luz con un deseo reprimido llamado Arruga en la Falda. Su reino era pequeño, ojeroso y de huesos de cereza; pero cada noche imaginaban una cosa sexual saliendo de la tarta. En el acantilado de leche de loba, donde florecen la nomeolvides y el olvido, construyeron un balcón de piedra para conjugar cada noche su triste tonada: yo ahogo, tú ahogas, él ahoga, nosotros… Y llegaron guerras civiles y hambrunas con ojos de juez que dictaron sentencia: el verbo será reflexivo o no será. En ese instante se apagó el corazón eléctrico de la abisal tembladera. Su sombra escuchó una explosión en la lejanía de las trincheras cósmicas y rezó por la Arruga de su alma. Los olvidos y nomeolvides se marchitaron bajo el balcón vacío, mientras la leche de loba rompía y rompía contra los peñascos sin nadie que rompiese su silencio nupcial. Sólo un gorrión coronado de cirros y bocanadas de arsénico se asomó a la balaustrada una tarde, décadas, siglos después, cuando ya todo era fondo de mar, y a punto de sentir el precipicio pió: yo me ahogo.

Y con él todos nos ahogamos; y colorín colorado, este cuento se

(De Chatarra de niño muerto, 2008)

viernes, 31 de julio de 2009

ternura radical


Hay una mujer en cueros que sin paraguas intenta borrarse bajo la lluvia. Su figura se diluye en la noche como el significado de un lunar sobre la piel. Vomita un guante y de seda tropieza. Escupe el izquierdo enrevesada se tambalea. Las manos de una tarantela suben por sus rodillas muslos ingles caderas. Aprietan los glúteos. Pálidas arañan. Marcan. Llagan la nana carnosa. Cae en un charco. Toca fondo de encías. Besa el barrizal. Se llena de tierra. Abarca el humus contra sus tetas. Mea. Se descome a gatas. Chupa minerales entre el légamo. Se deshacen con su lengua. Saliva preciosa sal savia moco. Su cuerpo es infección de aguacero. Estertor. Nubarrón de pus. Musgo. Raíz. Grumo y arteria. Su figura desaparece en la noche como la piel de un lunar. Sólo queda un paraguas abierto sobre la sed del asfalto.

(De Chatarra de niño muerto, 2008)

domingo, 30 de noviembre de 2008

chatarra de niño muerto


AGUJERO

Introduzco la mano en la caja de los hilos. Revuelvo ansiosamente bobinas agujereadas, punzones, cremalleras, imperdibles, alfileres, horquillas, botones rotos, broches. Me pincho. Me hago sangre. Me muerden las tijeras. Picotea en mi piel la tricotosa. Hurgo. Escarbo. Araño el metal. En el fondo del costurero encuentro, por fin, mi coronilla extasiada.