lunes, 7 de septiembre de 2020

persona


cierro
abro
los ojos
en el cielo
veo
la nervadura
del deseo
ramificaciones
que abarcan
el sueño
de la realidad
el destello
bello
sin cuerpo
de una aurora boreal
ciervo
abro
los ojos
bajo la cornamenta
del cielo
deseo
delirante descabello
la teatralidad
de los esqueletos
más secretos
de las tormentas
que han dejado
de tronar significados
para partir con el rayo
la frente
la mente
lamento
lamiendo
lo que me hace
persona
mascarón de proa
pero suena
a cascarón de boa
a hojas
a solas
ciego
cierro
bramando
con los ojos
abiertos
al cielo ciervo
desvelo
el esqueleto
secreto
pero suena a siervo
pero suena a cuerno
a cornamusa
a cuervo
a excusa
a limbo de la duda
pero resuena con hambre
de estambres
pero suena a persona
pero sueña que siento
con antenas de pelo
los cerros sin cuerpo 
los cirros
del sueño.

miércoles, 8 de julio de 2020

el último poema (44): wuhan (se contagiaron) o el último mono


Releo (es rito) Mono, de Marco Antonio Raya, y me estrello, página 38, contra ese topónimo que hoy besa (sin mascarilla) el verbo maldito: «Wuhan. Se contagiaron...».

¡Bum!


El poemario es tremendo: memorial de horrores del monstruo Humanidad: mono feroz o atroz (según las circunstancias que, con un palo, golpeen su jaula): último mono que, de pronto, se halla en el espejo turbio, fracturado, catártico del poema.

Poemario y poema llevan cuatro años en mi mesilla de noche (es rito: rito poético: grito-susurro contra la nada: memento mori para tomar el pulso: inspiración-arma de destrucción sacra: perpetuum mobile del alma en calma).

Cuatro años y en la enésima relectura, en plena pandemia, aún agazapados en la cabaña-búnker...

¡Crac!

El poema.

«Wuhan. Se contagiaron...».

Súbitamente, en noche oscura, un eco del futuro desde un presente herido por el pasado.

La desgarradura del tiempo en el acorde último de las flautas.

La quietud del estanque perturbada por cuerpos extraños cayendo a plomo.

Palabras lanzadas por un niño muerto que se atreve, en la pureza de su limbo, a señalar al hombre disfrazado de Dios.

El estremecimiento ante el poder visionario del símbolo en llamas.

El significante-semilla: metáfora al viento.

La imagen apocalíptica: el Apocalipsis o la imaginación.

Y su terrible belleza.

Y su terrible ahora.

Todo roto a la perfección.

El poema otra vez: ad infinitum («Con una admirable capacidad / de convertirse en emboscada»).

_ _ _

WUHAN

Se contagiaron boqueando contra dos peces,
saltando de sombra en sombra.
Se habían cegado con pequeños bastones
o eran sus dedos, o eran agujas y larvas.

Anduvieron los días, esquivaron los horrores.
Perdieron el cabello, los nudos de la piel.
Las culebras acamparon
en los pequeños caparazones de sus cuerpos.

Según se mirase, el tiempo corría herido
como un niño por la boca del flautista,
mientras aullaba en su cama de rosas
la magnitud insoportable del destrozo.

Esta ciudad ardía en silencio.
Con una admirable capacidad
de convertirse en emboscada.

Marco Antonio Raya: MONO.
(La Garúa poesía, Barcelona, 2016) 



Postdata: Y está en la parte dos: «CRECER».

domingo, 28 de junio de 2020

tenebrama y lucifixión

(la plegaria intempestiva de Gaspar de la Noche)


Y escucho con mis ojos a los muertos

(Francisco de Quevedo)

Si mis ojos llegan a mañana
si no cede la mirada de un tajo
si cesa este ciego relámpago
cambiaré por completo
mi rutina de sueño

dejaré de ser animal noctámbulo
vampiro buscando su latido
polilla monarca del reino callado

dejaré la tenebrama
                   dejaré la lucifixión
el fulgor pálido de muerte
los miasmas de las grandes almas
el lento tormento de la lente incandescente

dejaré toda mi nada

si mis ojos llegan a mañana
si el mar de la realidad se para
y no desgasta más y más el cristalino
y la retina aguanta
                       aguanta
                            aguanta
mi mal humor vítreo
convertiré los hábitos dañinos
de libros a deshoras
y pantallas que devoran
en poemas hechos con lágrimas
artificiales
retales de vida de diseño
y una higiénica
                      ética
                            del deseo.

viernes, 29 de noviembre de 2019

llorar sin motivo

(el espíritu de la colmena)


No hay más que un signo que testimonie 
que se ha comprendido todo: llorar sin motivo.

(E. M. Cioran)

Tienen las abejas
labores trascendentales
y ninguna de estas
es colmar con miel las grietas
de tus labios fugaces
contiene la jalea real
la simbólica esencia
libada hasta la saciedad
que no te mutará en reina
que no te ayudará a descifrar
la espiral de la danza ebria
el espanto ensimismado de la colmena
alimento y cultivo sin cosecha
del enjambre de la existencia
                                   nadie sabe
nadie sabe en realidad
que de las cuencas de tus ojos
no brotarán zumbando visiones
de mudas selvas de cera
ni pterodáctilos
del polvo y del polen regresan
cada tarde a anidar hieráticos
en los jardines botánicos
tu pecho en flor
jamás aún se ha diseminado
sobre los acantilados grisáceos
que el sol mancilló con sus manos
violentas tan solo la metáfora queda
obrera del signo celda
para mecer en primavera
tus dientes de leche
como llorar sin motivo
aparente.



sábado, 30 de marzo de 2019

no existen la vida ni la muerte



No existen la Vida ni la Muerte,
sólo actividad
y en lo absoluto
no se hallan declives.
No existen el Amor ni el Deseo
sólo propensión
aquel que posea
no es nadie.
No hay un Primero ni un Último
sólo igualdad
y aquel que domine
se suma a los muertos.
No existen el Espacio ni el Tiempo
sólo intensidad,
y lo domesticado
carece de inmensidad.

(Mina Loy) 

sábado, 10 de febrero de 2018

botánica muscular

No, madre, no me dé a luz
(Francisco Javier Casado)

Verteré en su boca
agua
de ciruelas
(Berta García Faet)

I

Cuando mi abuelo se fue
se llevó con él la botánica.
Olvidamos el nombre de los jacintos
y nunca volví a ceñir con espigas
la frente de mi hermano.

No nos dé a luz, madre.
Moriremos un otoño luminoso
con el vendaval y la vendimia.
No nos dé a luz, madre.
Guárdenos en agua de ciruelas
de la iniciación nocturna de los lirios.


II

Cuando mi abuelo se fue
los campos se llenaron de ortigas
y las embajadas sufrieron incendios terribles.
Cubrimos con velos las colmenas
y cantamos para ellas canciones de espanto.

Hubo luto en el vientre de nuestra madre
hubo alaridos en los jardines y llantos en la maleza
los tomillos crecieron hasta el tercer piso
y los burgueses escucharon la música
de los afiladores de cuchillos.
Guárdenos, madre, en agua de ciruelas
guárdenos de la tormenta y el llanto.

(Layla Martínez.
Kokoro n.º 17: «Cuerpos». 2018)