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miércoles, 8 de julio de 2020

el último poema (44): wuhan (se contagiaron) o el último mono


Releo (es rito) Mono, de Marco Antonio Raya, y me estrello, página 38, contra ese topónimo que hoy besa (sin mascarilla) el verbo maldito: «Wuhan. Se contagiaron...».

¡Bum!


El poemario es tremendo: memorial de horrores del monstruo Humanidad: mono feroz o atroz (según las circunstancias que, con un palo, golpeen su jaula): último mono que, de pronto, se halla en el espejo turbio, fracturado, catártico del poema.

Poemario y poema llevan cuatro años en mi mesilla de noche (es rito: rito poético: grito-susurro contra la nada: memento mori para tomar el pulso: inspiración-arma de destrucción sacra: perpetuum mobile del alma en calma).

Cuatro años y en la enésima relectura, en plena pandemia, aún agazapados en la cabaña-búnker...

¡Crac!

El poema.

«Wuhan. Se contagiaron...».

Súbitamente, en noche oscura, un eco del futuro desde un presente herido por el pasado.

La desgarradura del tiempo en el acorde último de las flautas.

La quietud del estanque perturbada por cuerpos extraños cayendo a plomo.

Palabras lanzadas por un niño muerto que se atreve, en la pureza de su limbo, a señalar al hombre disfrazado de Dios.

El estremecimiento ante el poder visionario del símbolo en llamas.

El significante-semilla: metáfora al viento.

La imagen apocalíptica: el Apocalipsis o la imaginación.

Y su terrible belleza.

Y su terrible ahora.

Todo roto a la perfección.

El poema otra vez: ad infinitum («Con una admirable capacidad / de convertirse en emboscada»).

_ _ _

WUHAN

Se contagiaron boqueando contra dos peces,
saltando de sombra en sombra.
Se habían cegado con pequeños bastones
o eran sus dedos, o eran agujas y larvas.

Anduvieron los días, esquivaron los horrores.
Perdieron el cabello, los nudos de la piel.
Las culebras acamparon
en los pequeños caparazones de sus cuerpos.

Según se mirase, el tiempo corría herido
como un niño por la boca del flautista,
mientras aullaba en su cama de rosas
la magnitud insoportable del destrozo.

Esta ciudad ardía en silencio.
Con una admirable capacidad
de convertirse en emboscada.

Marco Antonio Raya: MONO.
(La Garúa poesía, Barcelona, 2016) 



Postdata: Y está en la parte dos: «CRECER».

sábado, 6 de febrero de 2016

el último poema (43): the next day (plegaria a bowie en sueños)

 
Dios ha muerto. ¿Quién soy yo? Duelo. En la telaraña marciana no hay tiempo para duelo ni digestión; todo es vómito, todo vuelo. No duelo. Dueles. Como un actor roto. Dolemos. Aún no sé de qué va tu nueva mutación y ya andas envuelto en otra crisálida. No comprendo este baile de caretas postreras. No sé. No he escuchado todo el disco. No lo he leído. Sólo tres canciones. El disco de la estrella negra. Soy una estrella negra, soy una estrella negra... Cantas. Te vi desaparecer dentro de un armario antiguo, eso sí; pero sigo sin entender nada... ¿Qué pasa en realidad? ¿Eres tú haciendo mimo o la mímica de la realidad haciéndote a ti? ¿Cómo se explica, si no, que todo el mundo te llore y que nadie te llore? Como niños lloramos tu muerte los viejos; como viejos lloran tu muerte los niños. Niños de ojos salvajes de Nubelibre. Donde el águila no se atreve a volar, y gritan y dan patadas a las piedras del camino y viven en una película muda y yo no sé explicarles, yo no sé... ¿Quién soy yo? ¿Quién duele? ¿A quién duelo? ¿Somos los muertos? ¿Dónde estamos ahora? Y tengo que cambiar de ciudad porque la mudanza es la única constante vital que me queda. De ciudad, de acera, de zapatos, de cuero, de cielo. Todo lo mudable. De estación en estación. Es demasiado tarde. Es demasiado tarde. El tiempo vuela. Tu disfraz de entretelas, Bowie, no tiene final, no concibe el desnudo. Sería absurdo. Una pantomima más. Un secreto histriónico. Un significante altamente inflamable. Como vendarse los ojos y mirar con dos botones cosidos. Como hundirse en las arenas movedizas de la mente. Como congelarse en Berlín para siempre. Bajo cero. No puedo leer. Me duele mucho el cerebro. Cinco años de duelo. Cinco años. Siete. Duelo. No hay duelo aquí. El tiempo vuela, vuela. Ya no duele el dolor, ya no duele
         de veras
de veras no andas metido en tu nuevo personaje? ¿La piel definitiva y perfecta? Y resolverás el enigma con la liberación de la muerte. Somos los muertos. Como ese pájaro azul, azul eléctrico. Tómate tu tiempo. El tiempo espera en las alas, habla de cosas sin sentido. Su guión eres tú y soy yo. El enigma de tu última piel. Lázaro. Sueño. Sueño de la edad lunar. Rareza espacial. Ziggy estrellado, Aladín sano, escuálido duque blanco. Héroes, horas, eras. El artista minotauro, detective del espanto, niño jueves. Astronauta colgado, descolgado. Pequeño dolor cósmico. David. Dios. Bowie. Jones. Persona. Te escucho. Duelo. No duelo. Te miro. Sueño. Cierro los ojos. No hay tiempo. Tengo cicatrices invisibles. Dame tus manos, eres hermosa. No hay palabras. No hay vendas ni botones, eres maravilloso
No hay música
No hay nadie. No estás solo
                     (Dios
                      suéñanos
                              que nos hace falta

martes, 24 de noviembre de 2015

el último poema (42): ya es hora

Ya es hora. Para este fuego
ya soy vieja.
El amor es más viejo que yo.
Tiene cincuenta eneros
la montaña.
Más viejo es el amor:
viejo como un fósil, viejo como una sierpe,
más viejo que el ámbar de Livonia,
más que los barcos fantasmas,
más viejo que las piedras, más viejo que los mares...
Pero el dolor que hay en mi pecho,
más viejo, más viejo es que el amor. 

23 de enero de 1940

 (Marina Tsvetáieva)

viernes, 17 de abril de 2015

el último poema (41): suavemente, hacia la puerta de la habitación de mi madre

Ni detallado el informe de nuestras andanzas exploradas
Puedo decir lo vertiginoso del sendero y
Lo inabarcable del tiempo
No puedo decir su duración sin construir la mentira
La visión primera se limita a cerrar compuertas
A soltar amarras silenciosamente.

(Diego Medina: Sólo tierra permanece.
Últimos versos de esta épica sideral de cosmonauta insólito, clandestino. Rugida en 1998. Publicada al borde del cero. Devorada por mí cinco años después; rumiada cada vez que el tedio aturulla, que las ganas ahuecan el ala. Como todo su suculento verbo: espiral de universos; como la memoria de su persona: gigante roja. Diecisiete años después del bramido cósmico, Diego, monosabio nodriza, maestro, amigo, mayor Medina, un aciago 13 de abril, suelta amarras silenciosamente... Descanse, pues, el poeta en su Santa Marina soñada, y viva el eco primordial de su poesía).


viernes, 12 de septiembre de 2014

el último poema (40): último de póstumo

XVIII

REPETIRSE le da a todo un ritmo de río de Caronte
Mientras cae el equilibrista otra vez sobre la página
Porque mi frente nada amigo sabe sobre mí
Los hombres son solo silencio lector
Aportan esperma para borrar la página
Para borrar el rastro de luz negra, avinatada, que cae
Sobre los renglones como arrugas
Tinta roja para escribir sobre el crepúsculo
Menstrua de los filósofos
Azúcar de la herida toda que borra el verso
Como una sirena contra la manifestación de paquidermos
Ya los pájaros comen de mi boca
Como si estuviera por fin solo
Colgado del último verso.

(Leopoldo María Panero: Rosa enferma.
Huerga & Fierro, 2014)

jueves, 3 de abril de 2014

el último poema (39): elegía a leopoldo maría panero

Llevo días y días intentando digerir la muerte del poeta no vivo, oliscando el enigma del cadáver que, según informan, calla en tu nombre; desentrañando tu maquiavélica ausencia. Llevo noches escuchando el martilleo de la máquina de escribir en mi cabeza, buscando metáforas para ataviar esa literalidad insoportable, descabellada; escuchando el chirrido de trapecios, los atletas en el circo de mi alma, de un lado a otro, bromeando... Mi alma. Mi alma. Llevo siglos, segundos, eones. Un instante disecado en la balaustrada del balcón, una eternidad trinada por el ojo del culo de la vieja. No sé. No soy. El tiempo ha sido aniquilado aquí, en el descalabro de mi sesera.

Sin embargo, la gran araña cibernética tejió ya su tela dentro de tu nariz rota. Mañana has muerto y el error se multiplicó. Mala memoria infinita. Espejo en el espejo. Chatarra sobre chatarra. Pamplina cuántica. Y los gatitos y simios se quedarán cantando. Sumidero esquizofrénico de sombras efímeras. Hastío y vértigo. La banalización de la nada, prostitución de todo. El signo del mamífero araña, ensimismado en su arañazo.

Se acabó tu cuerpo. Se acabaron las cucamonas contra la vida. Se acabaron las volteretas en la jaula de titíes. Se acabó tu cuerpo y la conclusión cuelga floja de tu pantalón. Te orinas en los pilares de la sociedad con la sonrisa cedida del guardián del aliento. Lamed Wufnik incontinente. He visto la fotografía: un clic basta para acceder a tu álbum de máscaras resquebrajadas. Una nueva arruga. Como en un cine desesperado. Se acabó tu boca y queda la mala baba de los Otros, los Normales, los cacorros no beodos, derramándola sobre su propia lengua viperina. Derramándose bobos. Verf barrabum qué espuma…

Porque se diría que ya no estorbas a las bellas durmientes ni a los príncipes mongólicos. Se diría que has muerto y eres alguien. Los editores se frotan las patitas pensando en tus completas y tus inéditos y tus inmortales. Por fin. Ángel exterminador de bolsillo. Sangre para el secarral de vampiros que llaman España. Los dinosaurios de la violeta que ayer te ninguneaban respiran hoy tranquilos camino de la extinción. Brindan por ti en sus mentideros, por tu destrucción definitiva. Recitan tus calamidades. Te nombran, a título póstumo, loco oficial, poeta maldito, fantasma favorito del régimen de bárbaros, premio honorífico de la mierda. Ahuecan sus plumíferos almohadones en sus nichos de terciopelo.

Y ya pueden especular sin miedo a tus ojos de vidrio; ya pueden los medios dilucidar sobre tu demencia, demonios, desencantos, monstruos, familia. Bazar del espanto. El abismo que de tanto mentarlo es letra del tesoro (ya delimitaron su contorno y está en venta el jardín de los cerezos). Ya eres pila donde el suicida lava su pecado, pararrayos de los neuróticos civilizados, muñeca azotada en el escondite de la psique. Y volverán a fumarse tus cigarrillos de boñiga en el París sin el estereoscopio y se beberán tus refrescos del infierno y roerán zanahorias a la luz de sus tumbas. (Un buen día, lo dejo escrito, morirán decapitados de una coz de jirafa terrible).

Todos dormirán mejor sin ti. ¿Y tus versos? ¿También descansarán, liberados de la tortura de choque contra la página en blanco hasta el paroxismo negro? Todos dormiremos mejor. Yo también. Porque desde que robé aquel libro tuyo, hace décadas o un suspiro, supe que el poema es POEMA y sueña con el fin, que es FIN. Crepúsculo activo. Leopoldo María Panero. Y eras suave como el peligro. Panero Blanc. Y la pesadilla literal, acéfala, paranoica del poema nos arrastrará a todos a un agujero llamado Nevermore. Y un día que no existe, cuando despiertes y, de cuajo, tus párpados se abran al peligro de vivir de nuevo, nuestra existencia será extirpada del universo como el sentido ha sido arrancado
de tu último poema.

Y lo bello es residuo impensable de tu pensamiento
rosa humana, sublime, tu cerebro
desnuda persona, primera
persona
persona pers o
nap er s
so n
a

Y dormí como un niño muerto.

Y me olvidé.


viernes, 20 de diciembre de 2013

el último poema (38): los mares grises sueñan con mi muerte

Sé que los mares grises sueñan con mi muerte,

sobre las sombrías planicies donde la espuma medita,

entre los vientos lóbregos que braman sin descanso

y nada vive en el aire olvidado.

Mas cambia de humor y entonces el viento fiero aúlla,

y el siseo inolvidable de la espuma

se vierte desde la inmensidad del cielo.
¡Ay! Mi hogar

alza su voz en un terrible canto.

¡Vuelve! ¡Oh! ¡Vuelve!

Pero vosotras, almas insignificantes en lánguidas regiones,

jamás distinguiréis aquella llamada.

La sombra purpúrea de la muerte tiñe todo lo gris,

y los que estamos en esas aguas lo sabemos bien,

sabemos que llega y sabemos el motivo,

somos consecuentes, dejamos atrás el dolor.

¡Ay! Su humor vuelve a cambiar,

el mar me acuna sobre hirvientes colinas,

como una madre a su hijo,

así sus fieros miembros me abrazan,

y una voz retumba con poderosas carcajadas,

la gozosa llamada del Poder me rodea.

¡Ay! Toda la grandiosidad del mar

me protege del sacrificio.
¡Ah! Hombres de las tierras melancólicas

alzad vuestros corazones y manos

y clamad que no sois yo;

niños de todos los mares,

que flotáis sobre la espuma de las fuentes,

y la gloria

y la magia de este mundo acuático

al que me arrojaron en mi infancia.
Llorad, pues muero satisfecho;

y las olas braman y se agitan

y los mares grises cantan,

y las blancas colinas se sumergen,

y yo estoy muriendo en todo mi esplendor,

muriendo, muriendo, muriendo.

(William Hope Hodgson)

miércoles, 30 de octubre de 2013

el último poema (37): barroeta y el oficial del kursk

El K-141 Kursk fue un submarino nuclear de la armada rusa que, debido a un accidente, naufragó en el gélido mar de Barents, el 12 de agosto de 2000. Pese a los intentos de rescate realizados con ayuda de equipos británicos y noruegos, toda la tripulación a bordo del Kursk murió. En el bolsillo de uno de los oficiales se encontró la siguiente nota manuscrita:

13.15. Todos los tripulantes de los compartimentos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie… Escribo a ciegas.

Seis años después, José Barroeta (1942-2006) escribe su último poema. Hundiéndose en un submarino agónico junto al cáncer, el poeta venezolano afronta su inminente muerte con una hoja y un puñado de versos. «Autopsia a un espejo roto», así podría haberse llamado su texto póstumo, si el poeta aún siguiera creyéndose poeta (de los de metáfora en el ojal). Pero no. El título, «Enero - 4 y 30 a. m.», recoge ya la frialdad quirúrgica de quien ha depurado toda la vanidad del mundo y escribe al dictado de la enfermedad desnuda, en un estremecedor ejercicio de vida.

Sobrecoge asistir al epílogo de dos hombres tan dispares que, siendo devorados por la noche, se aferran a la palabra para ver; regresan a la primitiva percusión de piedras para alumbrar la penumbra en el compartimento definitivo.  

ENERO - 4 Y 30 A. M.

Pasó el año nuevo
y reventaron los pulmones.
En mi pared bronquial
con arquitectura parcialmente alterada
por neoplasia maligna epitelial
las células se disponen en nidos y cestos
fragmentando el sonoro  tejido de la noche.
Soñé contigo.
Nos tendieron desnudos en la mesa de
la Lección de Anatomía.
No pudieron arrancarnos las nubes del cuerpo
la luz del año nuevo parecía un escalpelo
en tu vesícula.
Dormí entre tus cuernos y el día
esperando el roce de las gaviotas.
Tan lejos como estamos del mar
a la hora de los imponderables
vienen siempre un oleaje y un mascarón de proa
para que soltemos las amarras.
Arriba donde el huracán hala
soy tu cadáver
el gran ocio.
Entre tus litorales y el miedo hermafrodita
el epitelio del sexo en alta mar
erecto y en enjambre.


(De Elegías y olvidos,
libro póstumo incluido en Todos han muerto,
poesía completa de Barroeta publicada por Candaya,
cuatro días después de su muerte)

viernes, 25 de octubre de 2013

el último poema (36): sparklehorse (mark linkous heart of darkness)

Estoy lleno de abejas
que murieron en el mar


Mark Linkous (1962-2010) era Sparklehorse (1995-2010). Ambos nacieron en Virginia, y ambos se hicieron músicos huyendo de la minería y la depresión. Sparklehorse era Mark Linkous. Dicen que en las aguas tenebrosas de su corazón se hundía y reflotaba una cabeza de caballo; cientos de gorriones y el corazón de un tigre en el sumidero de su corazón. Un corazón de animal en el fondo del corazón. Eso dicen. Un animal en la caricia de su música. La música: sistema de adioses; la música: úlcera del tiempo. No sé hacer ninguna diferencia entre lágrimas y música (decía Nietzsche). El universo sonoro: onomatopeya de lo inefable, enigma desplegado, infinito percibido e inaccesible... Cuando se sufre su seducción, ya sólo se concibe el proyecto de hacerse embalsamar en un suspiro. (Eso lo decía Cioran pensando, sin saberlo, en Caballo-centelleante).

Una hermosa mujer se levantó
desde las humeantes aguas del lago
con una vela encendida en cada mano;
mis dientes se hundían suavemente en el suelo


Canciones como cuentos negros. Más palabras para Peter Pan. Días dorados como niños sobre un sol risueño. Algún día te trataré bien y pájaros de dolor. Buenos días, araña. El día menos pensado. Nunca es el fin de todos los cuentos. Y las canciones se escriben en los paños de las madres. Con voz de juguete. Es una vida maravillosa. Triste y bella como la vida.

Como el mensaje de texto que recibió Linkous en su móvil la noche que se disparó en el pecho. Lo dicen testigos. Era un 6 de agosto, en casa de unos amigos de Knoxville. Conversaban de madrugada cuando sonó la campanilla luminosa de su teléfono. Lo miró con ojos de penique. Se levantó. Salió a pasear con su rifle... Dicen que lo vieron sentado en un callejón cerca de Irwin Street. Esta vez no falló (aún sufría en las piernas las secuelas de su anterior intento de suicidio, con antidepresivos y Valium). La bala se alojó en su corazón tenebroso espantando todas las dudas del universo. Caja de estrellas. Fantasma de su sonrisa. Sólo quiero ser un hombre feliz. Sombra y miel. (El móvil desapareció, metáfora de nada).

Las únicas cosas
que necesito de verdad
son agua, una pistola y conejos


Dicen las lenguas hipotéticas que aquel mensaje era una llamada desde la zanja-espíritu. Dicen que la cama de manzanas ya estaba hecha para él. Aseguran que el viejo carrusel aguardaba quieto en el vientre de la montaña. Se subió aferrándose a la barra deslucida (dicen, algún borracho lo vio). Empezó a girar. Soniquete de feria: cerdos, vacas, perros, ciervos, caballos de vapor. Alcanzó la velocidad de la luz. Voló como un ovni y desapareció en el cielo con el relincho de magia final.

¿Reconocerá mi poni
la voz de su amo en el infierno?


Dicen que Sparklehorse llegó a desentrañar el átomo del alma: extrajo su núcleo con el cuchillo del verano, lo posó en un disco de piedra y lo partió como un niño parte una almendra, a martillazos centelleantes. Desde entonces, sus canciones son residuo estelar, suspiros embalsamados, lágrimas de felicidad, belleza semihundida en las tenebrosas aguas de nuestro corazón. 

It's a wonderful life,
it's a wonderful life...

jueves, 24 de octubre de 2013

el último poema (35): suicidas a los doce

Y desnudos al amanecer los encontraron.

Llegaron con el sol las moscas a morder y desovar en la carne dormida.

Cabe toda la muerte en el cuerpo más pequeño, cabe todo el amor en su corazón de paloma, todo el grito en su boca no saciada, todo el odio en su cerebro despierto, todo el deseo en sus manos inquietas.

Ninguna nota dejaron: para qué decir adiós a los cadáveres.

Llegaron con el sol las moscas, a morder y desovar en la carne dormida; las moscas, los periodistas, los curiosos, la policía, yo mismo, nadie.

Temblad cuando los niños dejan de ser hombres secretos.

Todo poema corre el riesgo de carecer de sentido. Arrodillaos. Dos dioses han muerto en holocausto.

(José Ignacio Serra: El libro quemado)

viernes, 4 de octubre de 2013

el último poema (34): adiós rosal

—Voilà... C’est tout...

Yo, la verdad, no hice mucho caso al Principito hasta bien talludo. Antes estaba por casa, entre libros infantiles con títulos tontos (hay que admitir que el título, más bien la desafortunada traducción española, perfectamente puede camuflarse entre ejemplares sin enjundia). En fin, no me llamaba la atención. Pero en COU lo mandó el profesor de Literatura (cuando aún había profesores sólo de esta materia, desligada de la Lengua); nos invitó a leerlo de una manera curiosa... Nos dijo: «Os voy a recomendar este libro antes de que lo prohíban en las escuelas por hacer apología del suicidio».

¡Tachán!

El morbo encendido en el adolescente apocalíptico hizo el resto: libro favorito de toda la vida. Mil lecturas. Mil vueltas a su simbología y poética y dibujos. Mil estrellas pintarrajeadas en los márgenes del cuaderno. Una biblioteca de Principitos...

Hoy nos quejamos de que los chavales no leen, y los culpables somos nosotros, los adultos. Hay que buscar la tecla, cambiar de música, provocar... Mi profesor abrió de golpe el vientre del «sombrero» (significante domesticado) y me enseñó el «elefante» (significado salvaje). Y el arte es eso: escuchar atentamente la piel del sombrero hasta sentir el barritar de tus propios elefantes.
Termino con un hallazgo reciente, llamativo (para el adolescente postapocalíptico que ahora soy): la última carta de Antoine de Saint-Exupéry, fechada en 1944, meses antes de desaparecer con su avión en el mar durante una misión de reconocimiento. Sus palabras, dirigidas a un desamor, son las de un hombre roto que ha dejado para siempre de escuchar los sombreros, y que muestra dócil su cansado tobillo a la serpiente del desierto...

«No hay más Principito, hoy día ni jamás. El Principito está muerto o se volvió totalmente escéptico. Un Principito escéptico no es más un Principito. Estoy resentido con usted por estropearlo. No habrá más cartas, teléfono ni señal. No fui prudente ni pensé que arriesgara pena, pero me lastimé en el rosal cogiendo una rosa. El rosal preguntará: ¿Qué importancia tenía para usted? Ninguna, rosal, ninguna. Nada importa en la vida. No hay más vida. Adiós rosal».

martes, 18 de junio de 2013

el último poema (33): en el último páramo

Que todo se haga leve, que apenas haya
una pizca de viento

y que nos arrastre como a ese polen
que pierden los árboles

que nuestras almas
se dispersen en el espacio

y que un día alguien sepa
que hemos vivido

al respirar una flor cualquiera.

(Claude Esteban)

domingo, 12 de mayo de 2013

el último poema (32): bajo la piel

Leo a Barroeta. Estremece la indiferencia anatomopatológica con la que describe la causa de su propia muerte en el último poema de su último libro, Elegías y olvidos, cuyo título no puede ser más notarial: «Enero, 4.30 a. m.»: «En mi pared bronquial / con arquitectura parcialmente alterada / por neoplasia maligna epitelial / las células se disponen en nidos y cestos / fragmentando el sonoro tejido de la noche». (He pensado muchas veces en escribir un poemario con las descripciones de los informes patológicos, al modo en que Gamoneda transformó el manual farmacológico de Pedacio Dioscórides, traducido por Andrés Laguna, en El libro de los venenos, pero no consigo encontrar los textos adecuados: los patólogos, como casi todo el mundo, cada vez escriben menos, y cada vez escriben peor). También Alejandra Pizarnik dio cuenta de su fin, escribiendo estos versos definitivos en el pizarrón del cuarto donde la hallarían muerta: «No quiero ir / nada más / que hasta el fondo». La muerte es el gran asunto de Barroeta. Preñado de senequismo, la advierte clavada en la carne, ínsita en la vida, y afirma: «Mi vida es un cadáver». Enroscados en los versos aparecen cráneos, sangre, fantasmas; abundan los plantos y las invocaciones a lo roto: espejos rajados, quebraduras, descalabramientos. La muerte ha barrido a las figuras familiares, y su poesía se abandona a una añoranza rabiosa: canta a los padres, a los hermanos, a los abuelos y bisabuelos, como si todos, abrazados por la nada, dibujaran un espacio invulnerable, una heredad inasequible a la destrucción. Sin embargo, la poesía de Barroeta, invadida de perecimiento, no es sombría, sino regocijada. Todos han muerto es un géiser imaginativo y un quermés verbal, y, por ello, también una fiesta de la existencia. «Mi corazón llega a la vida por la carne muerta», escribe en un poema. Las palabras, bullentes, videntes, arrancan a la muerte, la compañera inexorable, de su pedestal de oprobio, y la transforman en pretexto para el sarcasmo y para la música: en justificación de la vida.

(Eduardo Moga: Bajo la piel, los días. 
Calambur, Madrid, 2010)

domingo, 10 de febrero de 2013

el último poema (31): la muerte de séneca

¿Qué pensó Séneca y no dijo cuando el capitán de la guardia personal de Nerón, en silencio, sacó el veredicto de muerte de la coraza torácica lacrado por el alumno para el profesor?

A escribir y a lacrar había aprendido, y a despreciar todas las muertes salvo la propia. Reglas de oro de todo arte de Estado.

¿Qué pensó Séneca y no dijo, cuando les prohibió el llanto a las visitas y a los esclavos que habían compartido su última comida con él?

Los esclavos sentados al final de la mesa.

Las lágrimas no son filosóficas.

Lo fatal debe ser aceptado.

Y en cuanto a ese Nerón que había asesinado a su madre y a sus hermanos, ¿por qué debía hacer una excepción con su maestro? ¿Por qué desistir de la sangre del filósofo que no le había enseñado a derramar sangre?

Y cuando hizo que le cortaran las venas, primero en los brazos, y a su esposa, que no quiso sobrevivir a su muerte, y probablemente fue un esclavo quien lo hizo también la espada que Bruto hizo caer sobre sí mismo, al final de su esperanza republicana, tuvo que ser sostenida por un esclavo.

¿Qué pensó Séneca y no dijo, cuando la sangre fue dejando su cuerpo demasiado viejo, de manera demasiado lenta, y el esclavo obediente le abrió también a golpes las venas de las piernas y los huecos poplíteos?

Murmullos con cuerdas vocales resecas. Mis dolores son mi propiedad. Lleven a mi mujer a la pieza contigua. Que mi secretario venga a verme. La mano ya no pudo sostener la pizarra para escribir, pero el cerebro seguía trabajando. La máquina fabricaba palabras y frases, anotaba los dolores.

¿Qué pensó Séneca y no dijo, entre las letras de su último dictado, recostado en el sofá del filósofo? ¿Y cuando vació la copa con el veneno de Atenas, porque la muerte se hizo esperar aún, y el veneno, que había ayudado a muchos antes que él, solamente logró escribir una nota al pie en su cuerpo casi desprovisto de sangre, no un texto claro?

¿Qué pensó Séneca sin habla, finalmente, cuando marchó hacia la muerte en el baño de vapor, mientras en el aire danzaba delante de sus ojos la terraza oscurecida por el confuso aleteo, probablemente no de ángeles?

Tampoco la muerte es un ángel.

... En el resplandor de las columnas, al reencontrarse con la primera hierva que había visto en una pradera cerca de Córdoba. Más alta que cualquier árbol.

(Heiner Müller)

viernes, 9 de marzo de 2012

el último poema (30): la carta

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolio y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace seis años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

(Luis Mateo Díez: Piezas sueltas)

jueves, 7 de julio de 2011

el último poema (29): mi último suspiro

Al aproximarse mi último suspiro, imagino con frecuencia una última broma. Hago llamar a aquellos de mis viejos amigos que son ateos convencidos como yo. Entristecidos, se colocan alrededor de mi lecho. Llega entonces un sacerdote al que yo he mandado llamar. Con gran escándalo de mis amigos, me confieso, pido la absolución de todos mis pecados y recibo la Extremaunción. Después de lo cual, me vuelvo de lado y muero.

Pero, ¿se tendrán fuerzas para bromear en ese momento?

Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba.

(Luis Buñuel: Mi último suspiro, fragmento concluyente del capítulo final, titulado: «El canto del cisne».
Estas memorias fueron escritas con la ayuda de su amigo Jean-Claude Carrière a lo largo de dieciocho años.
Se publicaron en 1982, en París, con el título original: Mon dernier soupir. Poco tiempo después, en Ciudad de México, habría de expirar el genio de Calanda, sordo, casi ciego, huraño, releyendo obsesivamente y a duras penas La vejez de Beauvoir; desconectado del arte, la cultura, la sociedad...; imaginando para sus adentros la hilarante película del fin del mundo).

jueves, 30 de junio de 2011

el último poema (28): fitter happier

«Fitter happier» se encuentra en el álbum Ok Computer (1997), de Radiohead. El texto está recitado por una voz robótica y ambientado musicalmente por el grupo. Fue escrito —vomitado— por Thom Yorke tras un prolongado bloqueo creativo. No se atrevió a declamarlo él mismo, según ha contado, «por timidez». Después escribió —vomitó— el resto del disco. Al principio de la «canción» se oye una voz lejana que dice algo así como: «Esta es la Oficina del Pánico. Sección 9-17 puede haber sido dañada. Activar siguiente proceso…». Y comienza el proceso. O asepsia apocalíptica. O suicidio monótono. O lenta intoxicación de chatarra, química apática y moral estroboscópica que algunos humanoides —¿replicantes?— llamamos vida.

más en forma más feliz más productivo
cómodo
no beber demasiado
ejercicio regular en el gimnasio (tres días a la semana)
llevarse mejor con tus actuales socios empleados
a gusto
comer bien (no más cenas en microondas ni grasas saturadas)
un conductor mejor y paciente
un coche más seguro (bebé sonriendo en el asiento trasero)
dormir bien (sin malos sueños)
sin paranoia
cuidadoso con todos los animales (nunca tirar arañas por el desagüe)
mantenerse en contacto con viejos amigos (disfrutar de una copa de vez
en cuando)
con frecuencia comprobará en un banco (moral) su cuenta de crédito
(agujero en la pared)
favor por favor
cariñoso pero no enamorado
reglamento de caridad
supermercado de carretera los domingos
(no matar polillas ni echar agua hirviendo sobre las hormigas)
lavar el coche (los domingos incluidos)
no tener nunca más miedo de la oscuridad
o de las sombras del
mediodía
nada tan ridículamente juvenil y desesperado
nada tan infantil
a buen ritmo
más despacio y mejor calculado
sin posibilidad de escape
ahora con autonomía laboral
preocupado (pero sin poder)
un miembro de la sociedad competente e informado (pragmatismo no
idealismo)
no llorar en público
reducir riesgos de enfermedad
neumáticos que se adhieran en lo mojado (instantánea de bebé atado
con cinturón en el asiento trasero)
una buena memoria
todavía llorar con una buena película
todavía besos con saliva
ya nunca más vacío y frenético
como un gato
atado a un palo
que es clavado en
mierda de invierno congelada (la capacidad para reírse de lo débil)
tranquilo
más en forma, más saludable y más productivo
un cerdo
enjaulado
viviendo de antibióticos

lunes, 6 de junio de 2011

el último poema (27): cómo explicar los cuadros a una liebre muerta

El 11 de noviembre de 1965, Joseph Beuys paseaba por el interior de una galería de arte en Düsseldorf vestido con un traje de fieltro y la cara untada con miel y pan de oro. Llevaba en sus brazos una liebre muerta. Con un pie vendado y una chapa de cobre atada a su tobillo, acariciaba las patas del animal mientras le susurraba al oído...

Todos esos que miran desde fuera cómo paseo mi cojera por entre los cuadros mientras te abrazo piensan que soy yo el que te está explicando las obras de arte. Lo que no saben es que lo que te pido es que me las expliques tú a mí. O al menos esperaba que me las explicaras antes de morir. Ahora ya sé que es imposible. Decía Schiller que la belleza es el camino de la libertad. Quizá sea eso lo único que importa, que creemos algo bello para llegar a ser libres. Que ampliemos el concepto de arte para que esto también sea arte. Que dejemos de mirar los cuadros y miremos la vida, el susurro, la naturaleza, la muerte, lo sagrado. No puedo pedirle lo mismo a un perro, a un gato o a un caballo: el hombre les ha arrebatado su dignidad, su albedrío, lo que tienen de bello y de libre. Sería imposible que ellos me explicaran el arte, ni yo a ellos. Como probablemente es imposible que todos esos que miran disfruten o expliquen lo que hago aquí dentro, chorreando oro, grasa y miel. Pero tú eres la liebre, el conejo loco de Lewis Carroll que corretea y siempre llega tarde, y me agarro a ti como el que se agarra al cordón umbilical temiendo el tijeretazo definitivo. Tú me unes a la naturaleza, aunque ya estés muerta. O precisamente por eso. Tú, que eres pura energía, que eres (o eras) pura vitalidad, que eres sobrehumana, que estás más cerca de lo divino, de lo sagrado, me dices más sobre el arte muerta que lo que yo te pueda decir a ti vivo. En ti está lo frágil, lo bello, lo delicado, lo sensual. Eres la naturaleza que muere y renace cada abril. Eliot dijo: «Abril es el mes más cruel, hace brotar lilas del interior de la tierra muerta, mezcla la memoria y el deseo, estremece las raíces marchitas con lluvia de primavera». Abril hará brotar lilas del interior de tu vientre putrefacto. Se preguntan: «¿qué le estará diciendo? ¿Por qué le explica los cuadros a una liebre muerta?». Les respondo: porque va a entenderlo todo mejor, porque sois como los perros domesticados que mueven el rabo para saludar al que les da de comer. Porque os reís y me insultáis, incapaces de ver vuestra propia babeante estupidez. Vuestra vida anodina, tan lejos de lo bello. Vuestra vida de perros. Jamás podréis llegar a ser como una liebre muerta. Porque no sois capaces de ver que la obra de arte es la liebre, mi susurro, mi cojera y vosotros mirando.

sábado, 22 de enero de 2011

el último poema (26): suicidio


(Quizá fue por no saberte la Geometría)

El jovencito se olvidaba.
Eran las diez de la mañana.

Su corazón se iba llenando
de alas rotas y flores de trapo.

Notó que ya no le quedaba
en la boca más que una palabra.

Y al quitarse los guantes, caía,
de sus manos, suave ceniza.

Por el balcón se veía una torre.
El se sintió balcón y torre.

Vio, sin duda, cómo le miraba
el reloj detenido en su caja.

Vio su sombra tendida y quieta
en el blanco diván de seda.

Y el joven rígido, geométrico,
con un hacha rompió el espejo.

Al romperlo, un gran chorro de sombra
inundó la quimérica alcoba.

(Federico García Lorca)

sábado, 25 de diciembre de 2010

el último poema (25): escribir

Cuando era joven, escribía para llegar a ser. Hoy, cerca de la muerte, escribo para no ser. Mi meta es la inexistencia. Cada párrafo es un logro más en la búsqueda de la negrura a la que aspiro. Y el último párrafo, ese que quedará para siempre inconcluso, será también mi último triunfo, la definitiva ausencia de mí mismo.

(David Lagmanovich)