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martes, 20 de septiembre de 2016

fuck the poem


No he escrito en años
porque prefiero contemplarte a ti antes que a las páginas.

Pero lo que sería perfecto es
hacer un poema que llegase a ser la mitad de valiente
que tú cuando estás desnuda.
Lo intento un minuto:

Tu amor es mi metal; tus besos, mis remates.
Eres como el océano bajo la capa de vertido.

Que le den al poema.

Hay una cama aquí
y tú me quieres dentro.

(Kate Tempest: Mantente firme.
La Bella Varsovia, 2016)

lunes, 18 de abril de 2011

el mal de los ardientes

Me odio cuando tiemblo de la emoción

cuando no puedo dormir porque bajando por el espino del día me he dejado las zarpas, los cuernos y el instinto de no pensar

y en la raíz cuadrada de la noche roo tubérculos rosados

y doy vueltas perdido en la feria en que me amaste de niño, entre espantajos y manzanas de caramelo

hasta que me limpio los besos a restregones contra la almohada, rezando con las branquias en flor

Dios salve a la Virgen Fantasma que calienta mis ojos al fin, en la hora de la muerte amanecer

(De Chatarra de niño muerto, 2008)

miércoles, 5 de enero de 2011

pobre niño pálido


Pobre niño pálido, ¿por qué gritar en la calle a voz en cuello una canción aguda e insolente, que se pierde entre los gatos, señores de los techos?, pues ella no atravesará los postigos de los primeros pisos, tras los cuales ignoras los grávidos cortinajes de encarnada seda.

Sin embargo, cantas fatalmente con la tenaz seguridad de un hombrecillo que va solo por la vida y, sin contar con nadie, trabaja para sí mismo. ¿Tuviste un padre alguna vez? Ni siquiera tienes una vieja que te haga olvidar el hambre pegándote cuando regresas sin un centavo.

Pero trabajas para ti mismo: parado en las calles, con desteñidos vestidos hechos como los de un hombre, enflaquecido prematuramente y demasiado crecido para tu edad, cantas para comer, con encarnizamiento, sin humillar tus ojos perversos hacia los otros niños que juegan en la calzada.

Y tu lamento es tan, pero tan sonoro, que tu desnuda cabeza, elevándose en el aire a medida que sube tu voz, parece querer partir desde tus pequeños hombros.

Hombrecillo, ¿quién sabe si ella no se irá un día, cuando, después de gritar largo tiempo en las ciudades, hayas cometido un crimen? No es tan difícil cometer un crimen, prosigue, basta con tener coraje después del deseo, y algunos... Tu figurilla es enérgica.

Ni un centavo cae en la cesta de mimbre que tu gran mano tiene suspendida sin esperanza sobre tu pantalón: te volverás malo y un día cometerás un crimen.

Tu cabeza siempre se alza y quiere dejarte, como si desde el comienzo lo supiese, mientras cantas de un modo que se vuelve amenazante.

Te dirá adiós cuando pagues por mí, por los que valen menos que yo. Probablemente para eso viniste al mundo y ayunas desde ahora; te veremos en los periódicos.

¡Oh, pobre cabecita!

(Stéphane Mallarmé)