lunes, 16 de noviembre de 2015

en tu aniversario

Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.
Recibe este amor que te pido.
Recibe lo que hay en mí que eres tú.

(Alejandra Pizarnik)

sábado, 14 de noviembre de 2015

alma que se traduce

Alma que se traduce
en algo que la mente
ya no tiene derecho a conocer
y santificar,
alma impropia,
alma que no da perfume,
alma que ya no alcanza el éxtasis.
Alma que tan sólo deviene ola,
una pequeñísima ola
frente a un mar entero en borrasca.

(Alda Merini:
La carne de los ángeles. Vaso Roto, 2009)

jueves, 5 de noviembre de 2015

ejercicio de endurecimiento del espíritu

 La abuela nos dice:

—¡Hijos de perra!

La gente nos dice:

—¡Hijos de bruja! ¡Hijos de puta!

Otros nos dicen:

—¡Imbéciles! ¡Golfos! ¡Mocosos! ¡Burros! ¡Marranos! ¡Puercos! ¡Gamberros! ¡Sinvergüenzas! ¡Pequeños granujas! ¡Delincuentes! ¡Criminales!

Cuando oímos esas palabras se nos pone la cara roja, nos zumban los oídos, nos escuecen los ojos y nos tiemblan las rodillas.

No queremos ponernos rojos, ni temblar. Queremos acostumbrarnos a los insultos y a las palabras que hieren.

Nos instalamos en la mesa de la cocina, uno frente al otro, y mirándonos a los ojos, nos decimos palabras cada vez más y más atroces.

Uno:

—¡Cabrón! ¡Tontolculo!

El otro:

—¡Maricón! ¡Hijoputa!

Y continuamos así hasta que las palabras ya no nos entran en el cerebro, ni nos entran siquiera en las orejas.

De ese modo nos ejercitamos una media hora al día más o menos, y después vamos a pasear por las calles.

Nos las arreglamos para que la gente nos insulte y constatamos que al fin hemos conseguido permanecer indiferentes.

Pero también están las palabras antiguas.

Nuestra madre nos decía:

—¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeñines adorados!

Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas.

Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportarla.

Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio de otra manera.

Decimos:

—¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! Yo os quiero... No os abandonaré nunca... Sólo os querré a vosotros... Siempre... Sois toda mi vida...

A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa.

(Agota Kristof: Claus y Lucas.
El Aleph Editores, Barcelona, 2009)

miércoles, 28 de octubre de 2015

los ángeles desnudos perfectamente vestidos

Los ángeles desnudos perfectamente vestidos
por Dios, estas formas sin ropa y aun bien ornadas,
estos deseos diáfanos que poseen sólo lenguas
de silencio, esta lluvia de gracia que cae
sobre nuestras miserias, este infierno de
paz que da el olvido, este acoso de los
otros y el miedo que se siente descomunal
como el espasmo y la tristeza del abandono.

(Alda Merini:
La carne de los ángeles. Vaso Roto, 2009)

sábado, 17 de octubre de 2015

tepoztlán

Las palabras del diccionario
no son las palabras del libro.
Las palabras del libro
no son las palabras del habla.
Las palabras del alba
no son las palabras del árbol que ahora mismo
se inclina a tierra con
una nube entre las ramas, como
enterrándola al pie.
Esto sucede. La luna y el lucero de aquí
no son palabras, son
la luna y el lucero de aquí.
La sangre piensa, la luna
calla. Es todo.

(Juan Gelman:
Otromundo. Antología 1956-2007. FCE)

lunes, 10 de agosto de 2015

cómo leer la poesía

Y la estrella viaja con sus piernas de fuente pura 

HENRI CORBIN

Hace muchos años vi en una revista la cita de un verso de Henri Corbin. En ese momento quedé maravillada y su nombre fue guardado por mí en mi cerebro. Unas semanas atrás mi amigo Alberto Conte me enseñó una traducción de Corbin realizada por Juan Calzadilla y Eugéne Modestine. Se la compré, secretamente emocionada, porque sabía cuán difícil es entrar en contacto con un libro bueno hoy. Desde hace siete días ando con el libro Lejos como un viaje. Si acaso he podido leer siete poemas. Uno por noche. Leo los poemas en alta voz, los transcribo en mi cuaderno como cualquier Pierre Menard, se los leo a mis amigas por teléfono. Corbin me tiene emocionada. No sé cómo es él. Sé que es martiniqueño. No me imagino qué pueda ser la isla de Martinica, ni lo que se come allá. Me basta la palabra del poeta. Ahora tengo con quien orar de noche desde la magnificencia.

Me gusta descubrir un poeta. Es tan difícil penetrar en un mundo poético particular que cuando esto sucede resulta un acontecimiento. Una de las cosas más arduas es enseñar a leer poesía y yo lo realizo. La poesía le llega a uno como llega el amor o la fiebre. Por no se sabe qué razones. A veces podemos leer reiteradamente a un poeta y todavía no nos llega. Y es que no estamos preparados para él. La poesía tiene una duración, un tiempo, un cuajar en nuestra alma que nada tienen que ver con nuestras decisiones.

El lector de poesía debe ser ante todo un lector humilde, pasivo, receptor de riqueza. Por una rara conjunción, el lector tiene que tener la edad del poeta; no la edad cronológica, sino la edad mental, anímica, psíquica.

Hace veintitrés años conocí a Rilke. Fascinada por él quise hacer mi trabajo de grado sobre su obra, pero no pude. Había en ese entonces ciertas imágenes que no comprendía. Pero no lo abandoné, seguí leyéndolo, con fervor, pasivamente, escuchando... Veinte años después pude escribir diez cuartillas sobre las Elegías de Duino que constituyen ahora el prólogo a mi traducción. Esto no me desanima. Durante veinte años me ha acompañado un poeta, no cinco poetas, sino uno. También me acompañan dos o tres novelitas. No más. Virginia Woolf, Thomas Mann, Hermann Broch... No son demasiados los libros que uno necesita para volverse sabio.


Ahora tengo un poeta nuevo que me durará probablemente veintitrés años para comprenderlo. Estoy feliz. Esto quiere decir que a los sesenta y cinco años podré escribir algo sobre él, si es posible.

Ante mí hay dos versos de Corbin y me fascinan, pero no puedo decir exactamente qué significan, así como no puedo explicar lo que sea un beso:

Y los pájaros al desprenderse como hojas cortan
la cabeza del cazador en la noche


Leer poesía no es lo mismo que leer novelas o leer el periódico. Cuando leo poesía me encierro en mi cuarto para que no me vean, porque allí hago muecas, danzo, ondulo, leo en alta voz, me contorsiono como Ulises ante las sirenas, me acuesto en el piso, lloro, es decir, me conecto con lo más profundo del inconsciente. Y eso no se le puede mostrar a nadie, para ello —como dice Virginia Woolf— es preciso un cuarto propio. No le aconsejo a mis alumnos, por ejemplo, que lean poesía en un carrito por puesto. Porque la poesía es un templo y a ella se va con una vestidura especial y adecuada. Un velo.


Si a mí se me pidiese un buen consejo sobre cómo leer la poesía diría que ante todo hay que querer leerla. Querer como querencia. Sin mala fe, sin desesperación. Averiguando qué diablos quiso decir el poeta. Porque los poetas son difíciles de leer. Uno puede quedarse veintitrés años con una frase incomprensible y alegrarse por ella... porque en el fondo casi la comprende. Y así uno manda la razón y la conciencia a paseo. Cada quien sostiene a un poeta.

Penélope

Cosidos los ojos
La luna y el atrio
Tienen por chorro de agua
A la esposa.

HENRI CORBIN

(Hanni Ossot:
Cómo leer la poesía: Ensayos sobre literatura y arte.
bid & co. editor, Caracas, 2005)

domingo, 2 de agosto de 2015

deep dream

sueñan los androides con durmientes que sueñan con androides dormidos que sueñan con ornitorrincos eléctricos que sueñan con pájaros moscas peces volantes o ramas o ranas o máquinas excitadas por amebas que confluyen en el soma que observa que como durmiente repta por la glándula del sueño de los sueños del durmiente dormido en el androide soñante (?