domingo, 14 de marzo de 2010

alí dadá en babel


abre la biblioteca
por una hoja cualquiera
siempre equivocada
siempre equivocada
siempre equivocada
hasta que al fin halla
o el azar encuentra
la palabra exacta
la expresión perfecta
que por arte de magia
abre la biblioteca

sábado, 6 de marzo de 2010

momento


Mi cuerpo se pasea por una habitación llena de libros y de espadas y con dos cruces góticas;
sobre mi mesa están Art of the European Iron Age y The Age of Plantagenets and Valois, aparte de un resumen de la Ars Magna de Lulio.

Las fotografías de Bronwyn están en sus carpetas, como tantas otras cosas que guardo (versos, ideas, citas, fotos).

Si ahora fuera a morir, en esta tarde (son las 6) de finales de mayo de 1971, y lo supiera de antemano,
no me conmovería mucho, ni siquiera a causa del poema «La Quête de Bronwyn» que está en imprenta.

En rigor, no creo en la «otra vida», ni en la reencarnación, ni tengo la dicha (menos aún) de creer
que se puede renacer hacia atrás, por ejemplo, en el siglo XI.

Sé que me espera la nada, y como la nada es inexperimentable, me espera algo no sé dónde ni cómo,
posiblemente ser en cualquier existente como ahora soy en Juan-Eduardo Cirlot.

Mi cuerpo me estorbaría y desearía la muerte −¡ah, cómo la desearía!− si pudiera
creer que el alma es algo en sí que se puede alejar e ir hacia los bosques donde el triángulo invertido de los ojos y boca de Rosemary Forsyth

me lanzaría de nuevo a la tierra de los hombres, porque en esta vida no he sabido o no he podido
trascender la condición humana, y el amor ha sido mi elemento,
aunque fuese un amor hecho de nada, para la nada y donde nunca.

Estoy oyendo Khamma de Debussy, que, sin ser uno de mis músicos favoritos (éstos son Scriabin, Schönberg y otros)
no deja de ayudarme cuando estoy triste, que es casi siempre.

Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila,
y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas en los tiempos románicos,
y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo XI,
regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca.

Pero, pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando fui en Egipto vendedor de caballos,
ya era un hombre conocido por «el triste».

Y es que el ángel, en mí, siempre está a punto de rasgar el velo del cuerpo,
y el ángel que no se rebeló y luchó contra Lucifer, pero más tarde
cedió a las hijas de los hombres y se hizo hombre,
ese ángel es el peor de los dragones.

(Juan-Eduardo Cirlot)

domingo, 28 de febrero de 2010

catedral de las bestias


Tengo el recuerdo de un antro oscuro y húmedo en donde, bajo bóvedas de un oro deslustrado, que soportan el peso del mar y contienen su tremenda, lenta acometida, animales yacientes duermen como si nada esperaran, como si en absoluto esperasen despertar; pero el aire se tensa entre los arcos en penumbra y una grieta de luz nos amenaza en sueños.

(José Ignacio Serra)

sábado, 27 de febrero de 2010

el gorrión y el fondo del mar


Cuenta la Lengua Infinita que vivió una vez en mi mente un rey con cabeza de gorrión caído. En la melancolía del pájaro pensante buceaba una tembladera que en lugar de sombra tenía dudas. La sombra de este pez de los abismos había naufragado en un punto entre las estrellas de la constelación del verbo ahogar. Durante años, compartió agua y luz con un deseo reprimido llamado Arruga en la Falda. Su reino era pequeño, ojeroso y de huesos de cereza; pero cada noche imaginaban una cosa sexual saliendo de la tarta. En el acantilado de leche de loba, donde florecen la nomeolvides y el olvido, construyeron un balcón de piedra para conjugar cada noche su triste tonada: yo ahogo, tú ahogas, él ahoga, nosotros… Y llegaron guerras civiles y hambrunas con ojos de juez que dictaron sentencia: el verbo será reflexivo o no será. En ese instante se apagó el corazón eléctrico de la abisal tembladera. Su sombra escuchó una explosión en la lejanía de las trincheras cósmicas y rezó por la Arruga de su alma. Los olvidos y nomeolvides se marchitaron bajo el balcón vacío, mientras la leche de loba rompía y rompía contra los peñascos sin nadie que rompiese su silencio nupcial. Sólo un gorrión coronado de cirros y bocanadas de arsénico se asomó a la balaustrada una tarde, décadas, siglos después, cuando ya todo era fondo de mar, y a punto de sentir el precipicio pió: yo me ahogo.

Y con él todos nos ahogamos; y colorín colorado, este cuento se

(De Chatarra de niño muerto, 2008)

martes, 23 de febrero de 2010

norias muertas


mi padre conduce. no el coche actual sino el fiat antiguo. yo voy en los asientos de atrás como si aún no fuera lo suficientemente mayor. pero lo soy. vamos a entregar algo en un pueblo cercano, posiblemente unas fotos.

ya estoy casi dormida cuando entra en mi campo de visión una noria de feria rota en medio de un campo de tierra y arbustos. es increíble, siempre me han impresionado las norias, pero ver una así, fuera de uso y de contexto, resulta inquietante.

quiero que pare el coche, pero no me hace falta decir nada porque a los pocos metros aparece otra noria doblada por la mitad y con todos los asientos desencajados. al instante otra y después otra (...)

el paisaje es desolador; pero al mismo tiempo hermoso de una manera incalculable; al menos a mí no me caben los números en las manos. miro hacia atrás con los ojos muy abiertos para abarcar el bosque de hierros cruzados y círculos gigantes. ante la perplejidad, mi padre, que tiene respuesta para todo, rompe el silencio para determinar que debe tratarse de un cementerio de norias.

así es mi subconsciente: siempre tiene una metáfora brillante para lo que yo ni siquiera soy capaz de vislumbrar.

(Ruth Prado)

sábado, 20 de febrero de 2010

la misma vieja historia

 
Un adolescente aburrido
es, ciertamente, un paisaje
muy triste,
y aún más
sabiendo que hay mujeres
que duermen
con la boca abierta
y docenas de parejas
que hacen el amor
en chino, francés, árabe
o en el idioma
de los delfines.
Por eso hay tantas butacas
en los cines
y tantas camas en las casas.

Y es que la inteligencia
es érótica
y el arte perfecto
el orgasmo.

(Félix Francisco Casanova)

sábado, 13 de febrero de 2010

el último poema (16): la piel mágica


Existe algo de grande y de espantoso en el suicidio. Son muchas las personas que se caen sin peligro porque, como los niños, lo hacen desde demasiado bajo para lastimarse; pero, cuando un gran hombre se estrella, debe venir de muy alto, de cielos en donde quizá haya vislumbrado algún paraíso inaccesible. Implacables deben ser los huracanes que le fuerzan a demandar la paz del alma al cañón de una pistola. ¡Cuántos jóvenes talentos, confinados en una buhardilla, se marchitan y perecen por falta de un amigo, de una mujer que los consuele, en medio de millones de seres, en presencia de una multitud harta de oro, indiferente! Ante semejante idea, el suicidio adquiere proporciones gigantescas. Entre una muerte voluntaria y la fecunda esperanza cuya voz llamara a un joven a París, sólo Dios sabe cuántas ideas, poesías abandonadas, desesperaciones, gritos ahogados, tentativas inútiles y obras maestras abortadas chocan entre sí. Cada suicidio es un sublime poema de melancolía. ¿Dónde encontraréis, en el océano de las literaturas, un libro flotante que pueda luchar en genio con esta gacetilla: «Ayer, a las cuatro, una muchacha se arrojó al Sena desde lo alto del Puente de las Artes.»?

Ante tal laconismo parisino, todo palidece: dramas, novelas, incluso ese antiguo frontispicio: «Las lamentaciones del glorioso rey de Kaërnavan, encarcelado por sus hijos», último fragmento de un libro perdido, que hacía llorar a Sterne –el mismo que tenía abandonados a su mujer y sus hijos.

(Honoré de Balzac: La piel de zapa, 1831)