martes, 18 de junio de 2013

el último poema (33): en el último páramo

Que todo se haga leve, que apenas haya
una pizca de viento

y que nos arrastre como a ese polen
que pierden los árboles

que nuestras almas
se dispersen en el espacio

y que un día alguien sepa
que hemos vivido

al respirar una flor cualquiera.

(Claude Esteban)

miércoles, 5 de junio de 2013

pájaros que entran en los sueños

¡Cómo iba a poder conmigo un pedazo de selva!
Esos insectos. El caucho irreal atestado de lascivia.
El agua de esos pantanos caliente como sopa.
Lejos estaban los metales de la maestranza
esa siesta de Navidad que caminé entre las nubes.
Lejos, muy lejos, las enjaezadas crines,
los maricones cuellos desbordados de aprestos.
Eran dientes de caimán, no aserrines,
los mármoles donde pisaban estos zapatos,
acacias envenenadas de belleza,
roedores como tarascas, víboras a considerar.
¡Qué podían saber los cleriguillos de palacio
con sus latines inútiles debajo de estos truenos!
¡A qué podían aspirar los miriñaques de las damas
en el reino demencial del rugido y del zarpazo!
No fui un emisario de príncipes bobos. Fui el príncipe
de todo este desborde, del pánico, del alud,
de la tierra firme que duerme bajo la hojarasca,
del papagayo que se refleja en el arco iris.
Fui el sirviente también.
Fui el sirviente del príncipe que fui,
la nube cargada de ponzoña a punto de reventar.
Fui el contador que asentó en libros
esos ángeles desplumados como gallinas
que flotaban en los charcos. Fui yo.
Fui ella. Fui el fruto de los dos.
Fui un trozo de metal culpable en esas carnes mestizas
que hice nacer o que ayudé a morir.
¿Quién podría enrostrarme mi presunción de génesis
si puse mi cabeza a multiplicar hogazas de oro
sólo para reconciliarme con un niño que mendigaba desayunos?
Cercado de venéreas escapé de las confesiones.
Con una capelina me protegí de los pájaros que entran en los sueños
decididos a escaparse con mis ojos en el pico.
¡Cómo iba a poder conmigo ese telón de verde sobre verde
imaginado por dioses principiantes!
¡Cómo iban a poder con este marañón aquellos soldaditos imperiales
oliendo a esencias parisinas!
El agua caía en delgadas cataratas
como estrías de la ladera, como canales del cielo
abriéndose paso en aullidos hacia el abismo.
Allá abajo la culebra custodiaba su escondrijo
en el punto donde se abrazan los cobardes.
Mi mano no dudaría en repetir historias
si la vida no fuese una pieza de teatro, entiéndanlo.
La vida es la muerte, y quien la siga seguirá la ley eterna.
Todos lo sabían, pero lo callaban.
Apresada por la telaraña de tamaños árboles
la luna espantaba caballos que huían hacia el fin
sólo para perpetuarse de otra manera
entre esclavos y moscas y esa peste,
reyerta de cráneos aplastados como guijarros,
sanguijuelas que lloran porque lloran remontando el Orinoco,
última luz de esas bóvedas.
Ya sé que he corrido detrás de un imposible,
sería una vergüenza aceptar que fue un equívoco.
¡Lo negaré! Negaré cualquier indicio de fracaso.
Yo, Lope de Aguirre, natural del Señorío de Oñate,
endemoniado y rabioso como habitante de las profundidades
maldigo la hora en que alguien acercó a mis oídos
la historia enferma de una ciudad de oro y de diamantes,
la ampolla de una codicia que no supe dominar.
Lejos, tras la mar océano, se sacuden los abanicos
que ningún calor espantan, mero emperifollo de las cortes,
mientras mi cabeza, aquí, drena líquidos embotantes,
intercambio de mi persona con los insectos
que sin ningún respeto me visitan.
Yo, Lope de Aguirre, el Peregrino, el Traidor,
que fui príncipe de estas tablas cuando todavía eran naves,
que fui cañones sin el reproche de tontas leyes,
que me permití pecar de lesa majestad y por escrito,
soy apenas el rostro de un vasco delirante surcado de lengua bárbara,
indiano de imposible retorno, falso criollo,
tosca pincelada de ambición y avaricia en todo caso
esquivando flechas envenenadas sobre una balsa de troncos
entre monos que chillan sin parar.
Yo, Lope de Aguirre, la ira de Dios,
entregaré mi cuerpo a esta isla con nombre de mujer
para que alguien lo desguace con mi propio cuchillo
y lo lleve en trozos selva adentro, para regocijo de los perros.

(Rogelio Ramos Signes)

martes, 28 de mayo de 2013

hostil

Escribo por roto.
El poema sirve de guarida
a mis escombros de espejo perverso
de transparencia de sueños dibujados
con debilidad
por el alfabeto hostil.
El poema ha sido rama
trampa del viaje.
Cuando quiero hablar conmigo de verdad
me emborracho
anoto en frentes de penumbra
fracasos y ganancias.
Olvido.
Escribo con letras grandes mi nombre,
lo piso.
Hago un mapa de silencio
enfermo.

(José Barroeta: Todos han muerto.
Candaya, 2006)

domingo, 26 de mayo de 2013

odisea, libro vigésimo tercero

Ya la espada de hierro ha ejecutado
la debida labor de la venganza;
ya los ásperos dardos y la lanza
la sangre del perverso han prodigado.

A despecho de un dios y de sus mares
a su reino y su reina ha vuelto Ulises,
a despecho de un dios y de los grises
vientos y del estrépito de Ares.

Ya en el amor del compartido lecho
duerme la clara reina sobre el pecho
de su rey pero ¿dónde está aquel hombre

que en los días y noches del destierro
erraba por el mundo como un perro
y decía que Nadie era su nombre?

(Jorge Luis Borges)

ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
desea que el camino sea largo,
lleno de aventuras y experiencias.
No temas a los lestrigones, a los cíclopes
ni al terrible Poseidón;
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A lestrigones y a cíclopes,
ni al fiero Poseidón encontrarás nunca,
si no los llevas ya dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que con placer, felizmente,
entres en puertos nunca vistos.
Detente en los mercados fenicios
y hazte con hermosas mercancías:
madreperlas y corales, ébanos y ámbares,
perfumes deliciosos y diversos,
todos los sensuales perfumes que puedas.
Y visita muchas ciudades de Egipto
y aprende, aprende de los sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y atracar un día, viejo ya, en la isla,
rico por todas las ganancias del camino
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Convertido en un sabio, con tanta experiencia,
habrás comprendido, al fin, qué significan las Ítacas.

(C. P. Cavafis)

sábado, 18 de mayo de 2013

hipno

¿Qué es lo que mejor sabes hacer?
Dormir.
Pero ¿y el insomnio?
Es el precio de la sublimidad.

domingo, 12 de mayo de 2013

el último poema (32): bajo la piel

Leo a Barroeta. Estremece la indiferencia anatomopatológica con la que describe la causa de su propia muerte en el último poema de su último libro, Elegías y olvidos, cuyo título no puede ser más notarial: «Enero, 4.30 a. m.»: «En mi pared bronquial / con arquitectura parcialmente alterada / por neoplasia maligna epitelial / las células se disponen en nidos y cestos / fragmentando el sonoro tejido de la noche». (He pensado muchas veces en escribir un poemario con las descripciones de los informes patológicos, al modo en que Gamoneda transformó el manual farmacológico de Pedacio Dioscórides, traducido por Andrés Laguna, en El libro de los venenos, pero no consigo encontrar los textos adecuados: los patólogos, como casi todo el mundo, cada vez escriben menos, y cada vez escriben peor). También Alejandra Pizarnik dio cuenta de su fin, escribiendo estos versos definitivos en el pizarrón del cuarto donde la hallarían muerta: «No quiero ir / nada más / que hasta el fondo». La muerte es el gran asunto de Barroeta. Preñado de senequismo, la advierte clavada en la carne, ínsita en la vida, y afirma: «Mi vida es un cadáver». Enroscados en los versos aparecen cráneos, sangre, fantasmas; abundan los plantos y las invocaciones a lo roto: espejos rajados, quebraduras, descalabramientos. La muerte ha barrido a las figuras familiares, y su poesía se abandona a una añoranza rabiosa: canta a los padres, a los hermanos, a los abuelos y bisabuelos, como si todos, abrazados por la nada, dibujaran un espacio invulnerable, una heredad inasequible a la destrucción. Sin embargo, la poesía de Barroeta, invadida de perecimiento, no es sombría, sino regocijada. Todos han muerto es un géiser imaginativo y un quermés verbal, y, por ello, también una fiesta de la existencia. «Mi corazón llega a la vida por la carne muerta», escribe en un poema. Las palabras, bullentes, videntes, arrancan a la muerte, la compañera inexorable, de su pedestal de oprobio, y la transforman en pretexto para el sarcasmo y para la música: en justificación de la vida.

(Eduardo Moga: Bajo la piel, los días. 
Calambur, Madrid, 2010)