viernes, 5 de junio de 2015

caballitos

Que instalen caballitos
en todas las calles,
que llenen de caballitos las ciudades.
Siglos
llevamos con el invento de feria en feria
sin descubrir su humanísima aventura.
Que celebren los novios
su viaje en los caballitos,
de caballito en caballito.
Que cada familia tenga sus caballitos,
¡todos en los caballitos!
Que los amigos
hablen y sueñen y discutan
dando vueltas en los caballitos.
En ellos celebren sus consejos los ministros,
mientras queden ministros,
y en ellos se reúnan los señores obispos,
naturalmente, revestidos
de señores obispos,
mientras queden obispos.
Los pobres subirán para reírse del mundo
y los ricos
¡que suban los ricos a los caballitos
mientras todos los aplaudimos!
¡Y los señoritos!
¡Que suban los señoritos!
Y que acudan todos los solitarios, todos los vagabundos.
Y el congreso de los diputados
será el congreso de los caballitos.
Y los empresarios ¡qué risa, los empresarios!
Que suban los empresarios con los asalariados,
mientras existan salarios.
¡Los salarios del miedo!
Y, venga: comités centrales,
mafias, sectas, castas, clanes, etnias:
¡a los caballitos!
Y los músicos con los guardabosques
y el alcalde y los concejales
con las verduleras y los panaderos.
¡Viva! ¡Viva!,
gritarán los niños cuando vean
que suben los Honorables.
¡Venga, Honorables!:
¡A los caballitos!
Vamos a la ciudad a subir a los caballitos,
dirán los monjes a sus abades.
Y los académicos:
que se reúnan los académicos en los caballitos
y que se cierren todas las academias.
¡Ah, si todos los filósofos hubieran subido a los caballitos!
Que instalen caballitos en las cárceles,
en los cuarteles,
en los hospitales,
en los frenopáticos
y que se fuguen todos
montados en los caballitos.
Y todos los jueces a los caballitos,
¡venga! ¡venga!: ¡A los caballitos!
¡Y nada de procesos y de sentencias!
¡Ya vale de juzgar los efectos y no las causas!
¡A los caballitos!
Y que todos los funerales
se celebren montados en los caballitos
al paso silencioso y tranquilo de los caballitos.
Es la nueva ordenanza,
es el nuevo precepto:
¡todos a los caballitos!
¡La cabalgata de los caballitos!
¡Hacia la confederación de todos los caballitos!
Hasta que todos fuéramos niños…

(Jesús Lizano)

viernes, 15 de mayo de 2015

mi hora de confesar

Un perro intentando escribir un poema sobre por qué ladra,
¡ese soy yo, querido lector!
Estaban a punto de expulsarme de la biblioteca
pero les previne,
mi dueño es invisible y todopoderoso.
Aun así, continuaron tirándome del rabo para echarme.

En el parque los pájaros hablaban libremente de sus propias vejaciones.
en un banco, vi cómo una señora mayor
se cortaba el pelo blanco y rizado con tijeras imaginarias
mientras se miraba en un pequeño espejo de bolsillo.

No dije nada entonces,
pero aquella noche permanecí desplomado en el suelo,
mordisqueando un lápiz,
suspirando de vez en cuando,
gruñéndole, también, a algo de ahí fuera
que no sería capaz de nombrar.

(Charles Simic: Mi séquito silencioso.
Vaso Roto, 2014)

viernes, 17 de abril de 2015

el último poema (41): suavemente, hacia la puerta de la habitación de mi madre

Ni detallado el informe de nuestras andanzas exploradas
Puedo decir lo vertiginoso del sendero y
Lo inabarcable del tiempo
No puedo decir su duración sin construir la mentira
La visión primera se limita a cerrar compuertas
A soltar amarras silenciosamente.

(Diego Medina: Sólo tierra permanece.
Últimos versos de esta épica sideral de cosmonauta insólito, clandestino. Rugida en 1998. Publicada al borde del cero. Devorada por mí cinco años después; rumiada cada vez que el tedio aturulla, que las ganas ahuecan el ala. Como todo su suculento verbo: espiral de universos; como la memoria de su persona: gigante roja. Diecisiete años después del bramido cósmico, Diego, monosabio nodriza, maestro, amigo, mayor Medina, un aciago 13 de abril, suelta amarras silenciosamente... Descanse, pues, el poeta en su Santa Marina soñada, y viva el eco primordial de su poesía).


domingo, 12 de abril de 2015

los espejos comunicantes

¿Con quién se comunican los espejos
comunicantes?

¿Con qué interlocutor inconcebible?
¿Con qué figura cautiva en el azogue?

De lo que hablan no sabemos nada
De lo que piensan lo ignoramos todo

A veces
cuando me veo reflejado
en un espejo de medio cuerpo
tengo miedo de que me succione
de la cintura para arriba
Mi otra mitad
de la cintura para abajo
saldría huyendo
como un grotesco enano

Anoche
vi que alguien del otro lado
del espejo había escrito:

«El día llegará»

Entonces oí la voz
del cristal que me decía:

Y las imágenes almacenadas
adentro de los espejos
serán vaciadas en la realidad:
sujetos lavándose los dientes
mujeres maquillándose y peinándose
señoras ajustándose el corset
caballeros arreglándose la corbata
jóvenes afeitándose
quinceañeras probándose
el primer sostén
gente mirándose desnuda

Y agregó con tono solemne:

Todos los reflejos de personas
y animales emergerán de los espejos
e invadirán aldeas y ciudades

Será el día de la confusión universal
el día en que nadie podrá distinguir
entre los objetos y sus íconos
entre los seres vivos y su imagen
entre los nombres y las cosas

Y después será el fin del mundo

Así habló el espejo comunicante
y estalló en mil pedazos

(Óscar  Hahn: Los espejos comunicantes.
Visor, 2015)

viernes, 10 de abril de 2015

«le escribo de un país lejano»

I 
Aquí –dice ella– sólo tenemos un sol al mes y por poco tiempo. Nos frotamos los ojos varios días antes. En vano. Tiempo inexorable. El sol no llega hasta su hora.

Después son miles de cosas por hacer mientras haya luz, de modo que apenas tenemos tiempo de mirarnos un poco.

Para nosotras lo molesto de la oscuridad es tener que trabajar, y hay que hacerlo: nacen enanos continuamente.

II
Cuando se va por el campo –le confiesa– a veces aparecen en el camino unas masas enormes. Son montañas y, tarde o temprano, hay que empezar a doblar las rodillas. No sirve de nada resistir, no se podría seguir adelante, ni siquiera haciéndose daño.

Esto no lo digo para herir. Podría decir otras cosas si realmente quisiera herir.

III 
Aquí la aurora es gris –añade– y no siempre fue así. No sabemos a quién culpar.

Por la noche, el ganado lanza grandes mugidos, largos y al final aflautados. Nos da pena, ¿pero qué hacer?

Nos envuelve el olor de los eucaliptos: bienestar, serenidad; pero el mero aroma no puede protegernos de todo, ¿o piensa usted que realmente nos pueda proteger?

IV 
Añado una palabra más, mejor una pregunta.

¿Corre también el agua en su país? (No recuerdo si me lo dijo). Y, si es la misma, ¿también provoca escalofríos?

¿Que si me gusta? No lo sé. Una se siente tan sola dentro cuando está fría. Es muy diferente cuando está tibia. Entonces, ¿cómo juzgar? ¿Cómo juzgan ustedes, dígame, cuando hablan de ella sin disimulo, a corazón abierto?

V 
Le escribo desde el fin del mundo. Debe usted saberlo. A menudo los árboles tiemblan. Recogemos las hojas. Tienen una cantidad enorme de nervaduras. ¿Para qué? Ya no queda nada entre ellas y el árbol. Nosotras, molestas, nos dispersamos.

¿No podría continuar la vida en la tierra sin viento? ¿O es que todo tiene que temblar siempre, siempre?

También hay movimientos subterráneos, y en la casa una especie de cólera que aparece delante de ti, como seres adustos que quisieran arrancar confesiones.

No se ve nada, salvo aquello que importa poco ver. Nada, y sin embargo temblamos. ¿Por qué?

VI 
Aquí todas vivimos con un nudo en la garganta. ¿Sabe usted que, aunque soy muy joven, antaño fui todavía más joven? Al igual que mis compañeras. ¿Qué sentido tiene? Seguro que hay algo espantoso en ello.

Y en ese tiempo cuando, como ya le he dicho, éramos aún más jóvenes, teníamos miedo. Hubieran podido aprovecharse de nuestra confusión. Hubieran podido decirnos: «Ya está, os enterramos. El momento ha llegado». Y nosotras pensando: «Es verdad, podrían enterrarnos perfectamente esta noche, si se demuestra que ha llegado el momento».

Y sin atrevernos a correr demasiado: jadeantes, sin poder dar un paso más, ante la fosa preparada, sin aliento, sin tiempo para decir una palabra.

Dígame, ¿cuál es el secreto de todo esto?

VII 
En el pueblo –sigue diciendo– continuamente hay leones que se pasean tan tranquilos. Si no les hacemos caso, ellos no reparan en nosotras.

Pero si ven a correr a una muchacha delante de ellos, no perdonan su sobresalto, ¡qué va!, y la devoran al instante.

Es por eso que pasean constantemente por el pueblo, donde nada tiene que hacer, pues bostezarían igual en otra parte. ¿No es evidente?

VIII 
Desde hace mucho, mucho tiempo –le confiesa– estamos en pugna con el mar.

En muy raras ocasiones azul, tranquilo, parece contento. Pero eso dura poco. El resto del tiempo su olor lo delata: un olor a podrido (o a amargura).

Aquí tendría que explicar lo de las olas. Es tremendamente complicado, y el mar... Se lo ruego, confíe en mí. ¿Por qué iba yo a engañarle? El mar no es sólo una palabra. El mar no es sólo un temor. Existe, se lo juro; lo vemos todo el rato.

¿Quién? Pues nosotras, nosotras lo vemos. Llega de muy lejos para molestarnos y asustarnos.

Cuando usted venga, lo verá personalmente, se quedará alucinado. «¡Caray!», dirá usted, porque el mar asombra.

Juntos lo contemplaremos. Estoy segura de que ya no tendré miedo. Dígame, ¿ocurrirá alguna vez?

 IX
No le quiero dejar con una duda –añade–, con una falta de confianza. Quiero volver a hablarle del mar, de su carácter vacilante. Los ríos avanzan, pero no el mar. Escuche, no se enoje, juro que no intento engañarle. Él es así. Por muy agitado que esté, se detiene ante un poco de arena. Es un gran indeciso. Querría avanzar, seguro, pero la cosa es así.

Tal vez más tarde, algún día, el mar avanzará.

X
«Estamos, como nunca, rodeadas de hormigas», dice su carta. Inquietas, pecho a tierra, empujan el polvo. No se interesan en nosotras.

Ninguna alza la cabeza.

Es la sociedad más cerrada que existe, aunque en constante expansión. Poco les importan los proyectos de futuro, las preocupaciones... Las hormigas están entre hormigas, en cualquier parte.

Y hasta ahora ninguna se ha vuelto a mirarnos. Antes se haría aplastar.

 XI 
Ella le escribe:

«No se imagina todo lo que hay en el cielo, tiene usted que verlo para creerlo. Allá están las...; pero no quisiera decirle su nombre tan pronto».

A pesar de su enorme apariencia, pues abarcan casi todo el cielo, no son más pesadas que un recién nacido.

Las llamamos nubes.

Es cierto que les sale agua, pero nunca por exprimirlas ni por triturarlas. Sería inútil, tienen muy poca.

Pero, a fuerza de abarcar anchuras y anchuras, larguras y larguras, profundidades y profundidades, llegan, a fuerza de hincharse, a soltar algunas gotitas de agua. Sí, de agua. Y quedamos hermosamente mojadas. Corremos furiosas por haber sido sorprendidas, pues nadie conoce el momento en que arrojarán sus gotas. A veces pasan días enteros sin soltarlas y sería en vano quedarse en casa esperando.

XII
La educación de los escalofríos no se imparte bien en este país. Ignoramos las verdaderas reglas y cuando el suceso ocurre nos pilla desprevenidas.

Es el Tiempo, por supuesto. (¿Es igual entre ustedes?). Bastaría con llegar antes que él –usted me entiende–, apenas un poquito antes. ¿Conoce el cuento de la pulga en el cajón? Por supuesto que sí, ¡y de veras es cierto! No sé qué más decir. En fin, ¿cuándo nos veremos?

(Henri Michaux)

sábado, 21 de marzo de 2015

canción para ishtar

La luna es una cerda
que gruñe en mi garganta
Su intenso resplandor me atraviesa
y brilla el barro de mi hondonada
y estalla en burbujas de plata

Es una cerda
y yo puerca y poeta

Cuando blancos sus labios abre
para devorarme yo también la muerdo
y rompe a reír la luna

En la noche del deseo
nos revolcamos y gruñimos, gruñimos
y resplandecemos

(Denise Levertov)

domingo, 8 de marzo de 2015

día de la mujer

Nada de Día de la mujer «trabajadora», listillos; por favor, no desvíen la atención, santos varones perdonavidas, guardianes del patriarcado cavernario, viejos y nuevos machos condescendientes en busca del bramido cómplice... DÍA DE LA MUJER, así, sin epítetos tramposos. Sin cinismos de distracción. Sin palmaditas en la espalda. Sin fotitos en el cole de mamás trabajando... Porque la mujer sí que ha trabajado toda la maldita vida: por siglos y siglos para el hombre, como posesión de éste, deslomada y machacada, sin ser siquiera considerada «persona» (en el mejor de los casos, un frágil y bonito animal de compañía). Y esto es así de crudo. No hay que olvidar. No nos engañemos. No es un día para festejar que la mujer es mujer (?) o que, por fin, ha alcanzado el derecho a la alienación, la explotación, la precariedad y el paro (y la desigualdad laboral). No. Es un día (son todos los días) para reivindicar la lucha, para sembrar la duda y el pánico entre la falocracia; para remover conciencias anquilosadas, conductas y mentiras aprendidas, estereotipos interesados, prejuicios, ideas enraizadas en nuestra psique y cultura, sustratos de babas sobre babas sobre babas rancias y aún pegajosas; para denunciar, exaltar, avivar, lamentar, prender espíritu crítico, autocriticar...; para reflexionar sobre masculinidad y femineidad, feminicidio, identidad, sexismo y sexualidad, belleza, violencia, acoso, cosificación, publicidad y medios, poder y control, injusticia y equidad, esquizofrenia de Virgen María, coeducación, crianza, roles, familia, lenguaje, culpa...; para recordar a las que pelearon y murieron y vivieron a muerte, y las que pelean jugándose la vida y las que viven muertas en vida; para dinamitar los gigantescos pilares invisibles (los descarados son sólo la punta) sobre los que se asienta esta sociedad que apesta a pis de verraco y cabrón; para arrojarse juntos bajo los cascos de los caballos una y otra vez, si es necesario; y, sobre todo, para continuar con los ojos bien abiertos y las tijeras de castrar siempre a mano, porque todo lo conquistado se antoja insuficiente en mitad del primitivo mar de testosterona e ignorancia y, de golpe y porrazo, puede desaparecer como isla borrada del mapa. Por tanto, feroz día a día de la mujer y punto (y seguido).