jueves, 11 de agosto de 2011

VIII

cuando el infalible sueño con su veneno mortal
nos despoje de la lenta tranquilidad

y Aquel sin Cuyo favor nada es ni está
(a quien llaman Amor) haya de manar
de la muda inmensidad del abismo voraz,

con el estruendo de Su salvaje aletear,

en el extenso y luminoso dominio feudal
–no sonreiré alma mía;no habré de llorar:

cuando de tu menos-que-pálida cara
(cuyos ojos heredan el vacío)
el tiempo extraiga
su maldito insignificante destino,
cuando bellamente tu hocico
no bese nada
y cuando tus garras
arañen tímidas

el silencio más allá del misterio de la rima

(E. E. Cummings:
«Sonetos-Irrealidades»,
&, 1925,
traducción-perversión)

jueves, 4 de agosto de 2011

la noche de los cincuenta libros

Hice mi plan.


«Me encerraré entre los murallones de una fortaleza que levantaré con mis propias manos en el corazón de la montaña. Me serviré por mí mismo. Ni un criado, ni un amigo, ni un simple visitante, ¡nadie! Sembraré y cultivaré aquello que haya de comer y haré venir hasta mis dominios el agua que haya de beber. Ni un festín, ni una tertulia, ni un paréntesis, ¡nada! Y escribiré libros. Libros que paralizarán de terror a los hombres que tanto me odian; que les menguarán el apetito; que les espantarán el sueño; que trastornarán sus facultades y les emponzoñarán la sangre. Libros que expondrán con precisión inigualable lo grotesco de la muerte, lo execrable de la enfermedad, lo risible de la religión, lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquiera otra fe o mito. Libros, en fin, que estrangulen las conciencias, que aniquilen la salud, que sepulten los principios y trituren las virtudes. Exaltaré la lujuria, el satanismo, la herejía, el vandalismo, la gula, el sacrilegio: todos los excesos y las obsesiones más sombrías, los vicios más abyectos, las aberraciones más tortuosas… Nutriré a los hombres de morfina, peste y hedor. Mas no conforme con eso, daré vida a los objetos, devolveré la razón a los muertos, y haré bullir en torno a los vivos una heterogénea muchedumbre de monstruos, carroñas e incongruencias: niños idiotas, con las cabezas como sandías; vírgenes desdentadas y sin cabello; paralíticos vesánicos, con los falos de piedra; hermafroditas cubiertos de fístulas y tumores; mutilados de uniforme, con las arterias enredadas en los galones; sexagenarias encintas, con las ubres sanguinolentas; perros biliosos y castrados; esqueletos que sangran; vaginas que ululan; fetos que muerden; planetas que estallan; íncubos que devoran; campanas que fenecen; sepulcros que gimen en la claridad helada de la noche…Vaciaré en las gargantas de los hombres el pus de los leprosos, el excremento de los tifosos, el esputo de los tísicos, el semen de los contaminados y la sangre de las poseídas. Haré del mundo un antro fantasmal e irrespirable. Volveré histérica a cuanta criatura se agita».

(Francisco Tario: La noche)

lunes, 25 de julio de 2011

instrucciones

Toca la valla de madera que ves en la pared
y que nunca antes habías visto.
Di «por favor» antes de abrir el cerrojo,
entra,
baja por el sendero.
La puerta principal está pintada de verde,
y tiene una aldaba,
un diablillo de bronce rojo;
no lo toques, te morderá los dedos.
Date una vuelta por la casa.
No cojas nada. No comas nada.
No obstante,
si una criatura te dice que tiene hambre, aliméntala.
Si te dice que está sucia, lávala.
Si herida te llora, siempre que puedas, alivia su dolor.
Desde el jardín trasero divisarás el bosque salvaje.
Pasarás junto a un pozo muy hondo
que lleva al reino del Invierno;
lo que hay allá en el fondo es un país distinto.

Si al llegar a este punto das media vuelta,
podrás regresar sin correr ningún peligro;
no te supondría el menor desdoro.
No voy a pensar mal de ti.

Una vez hayas atravesado el jardín
te encontrarás en el bosque.
Los árboles son viejos; ojos vigilan desde la maleza;
bajo un roble huesudo, una anciana está sentada.
Quizás te pida algo;
dáselo.
Ella te indicará el camino que lleva hasta el castillo.
En su interior hay tres princesas.
No te fíes de la más joven. Sigue caminando.
En el claro más allá del castillo,
los doce meses del año están sentados en torno al fuego,
calentando sus pies, intercambiando cuentos.
Pueden hacerte algún que otro favor, si eres amable.
Quizás puedas coger fresas en la escarcha de Diciembre.

Confía en los lobos, pero no les desveles tu destino.
Para cruzar el río toma el ferry. El patrón te llevará.
(La respuesta a su pregunta es esta:
«Si pasa el remo a su pasajero,
él será libre de abandonar el barco».
Cuando se lo digas
asegúrate de estar a una distancia prudente).

Si un águila te regala una pluma, guárdala bien.
Recuerda: los gigantes duermen profundamente;
la codicia es la perdición de las brujas;
los dragones tienen un punto débil,
en alguna parte, siempre;
los corazones pueden estar muy bien escondidos
y tú los delatas con la lengua.

No tengas celos de tu hermana.
Debes saber que soltar rosas y diamantes por la boca
no es menos molesto que echar sapos y culebras:
fríos y duros, también, y cortan.

Recuerda tu nombre.
No pierdas la esperanza: encontrarás lo que buscas.
Confía en los fantasmas.
Confía en aquellos a los que has ayudado,
porque te ayudarán a su vez.
Ten fe en los sueños.
Ten fe en tu corazón y confía en tu historia.
Cuando regreses, vuelve por donde viniste.
Todo favor será correspondido; toda deuda, liquidada.
Cuida siempre tus modales.
No mires atrás.
Cabalga sobre el águila sabia (no te caerás).
Cabalga sobre el pez de plata (no te ahogarás).
Cabalga sobre el lobo gris (agárrate bien a su pelo).

Hay un gusano en el corazón de la torre;
por esa razón acabará desplomándose.

Cuando llegues a la casita donde comenzó tu viaje,
la reconocerás de inmediato, pero se te antojará
mucho más pequeña que al principio.
Sube por el sendero, cruza la puerta que da al jardín
y que nunca habías visto antes de emprender tu aventura.
Y entonces vuelve al hogar. O construye un hogar.
O descansa.

(Neil Gaiman,
traducción-perversión)

domingo, 17 de julio de 2011

planta en el desierto

Nací como planta en el desierto
que irrumpe sin savia y sin calor:
en el tallo que crece áspero, hirsuto,
brota una semilla, pero no se abre la flor.
Nunca vi una estrella tan esquiva:
encerrada entre tinieblas, jamás arderá.
En mi regazo, agrias lágrimas:
nací apenas para morir.
Acabará mi estéril historia
que se liga a sí misma por dentro:
la vida, el nombre, mi memoria
grabados en la hondonada del olvido.

(Anónimo quechua)

jueves, 7 de julio de 2011

el último poema (29): mi último suspiro

Al aproximarse mi último suspiro, imagino con frecuencia una última broma. Hago llamar a aquellos de mis viejos amigos que son ateos convencidos como yo. Entristecidos, se colocan alrededor de mi lecho. Llega entonces un sacerdote al que yo he mandado llamar. Con gran escándalo de mis amigos, me confieso, pido la absolución de todos mis pecados y recibo la Extremaunción. Después de lo cual, me vuelvo de lado y muero.

Pero, ¿se tendrán fuerzas para bromear en ese momento?

Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba.

(Luis Buñuel: Mi último suspiro, fragmento concluyente del capítulo final, titulado: «El canto del cisne».
Estas memorias fueron escritas con la ayuda de su amigo Jean-Claude Carrière a lo largo de dieciocho años.
Se publicaron en 1982, en París, con el título original: Mon dernier soupir. Poco tiempo después, en Ciudad de México, habría de expirar el genio de Calanda, sordo, casi ciego, huraño, releyendo obsesivamente y a duras penas La vejez de Beauvoir; desconectado del arte, la cultura, la sociedad...; imaginando para sus adentros la hilarante película del fin del mundo).

miércoles, 6 de julio de 2011

lucille y sus tres peces

Cada mes de abril, tres peces rojos, tres peces japoneses cruzaban y descruzábanse en silenciosas espirales sobre la dulce faz de Lucille. En su discreta frente hasta entonces sin nubes ni cometas locos, habían quedado impresas tres suaves ondas.

Un buen día, al llegar la última primavera desapareció uno de los peces, aquel a quien Lucille bautizó con el nombre de Tejedor de ensueños.

Y al llegar el otoño, desapareció el segundo pez japonés, aquel Punzón de ondas como le habíamos llamado entre sonrisas corteses los amigos.

La frente de Lucille volvió a quedar como antes, como una fuente de planta: porque el pez tercero, el Ovillador silencioso de deseos, tampoco estaba... ALLÍ.

Cuando Lucille con su boquita pintada de corazón dice «ALLÍ» entornando deliciosamente su ojo izquierdo por el derecho, como por una pecera, atraviesa sonámbula la sombra del tercer pez japonés, la del Ovillador silencioso de deseos.

(Luis Buñuel: Escritos.
Páginas de Espuma, 2000)

sábado, 2 de julio de 2011

aquella carta

aquella carta no contaba la historia de un dolor de muelas sino que alimentaba al bicho que trabajaba perforando el costado de la locura

en la extracción del hueso se desarrolló una hemorragia curva

el orín corroe la piel de la lucidez

la savia de la despedida desvanece los últimos instantes de luz

no había cuaderno al alcance para trepar por la pared cónica circular de aquel pozo enjambre de coágulos de sangre

cuántas veces nos hemos despedido oliendo a marisma descompuesta en los albores del sueño

cuántas veces nos hemos despertado a orilla de la plenitud

(Eladio Orta: Vacío tácito.
Puerta del Mar, 2007)